El que va primero nunca quiere debatir

Patricio Navia

El Líbero, septiembre 26, 2017

 

Aunque todas las elecciones presidenciales son diferentes, y las características y atributos de los candidatos hacen que cada campaña tenga sus particularidades, hay un patrón en el comportamiento de los candidatos. El que lidera las encuestas siempre quiere reducir el número de debates e insistir en que se invite a todos los candidatos. El que va segundo quiere debates entre los dos primeros y los que van más rezagados buscan polemizar con los que van más arriba en los sondeos. Ahora que está por iniciarse la temporada de debates televisados de cara a los comicios de noviembre, veremos ese mismo comportamiento en Piñera, que va en primer lugar, Guillier, que ocupa el segundo puesto, y el resto de los candidatos.

 

Aunque algunos quieran transformar la disponibilidad de los candidatos a participar en debates en una señal de sus valores democráticos, lo cierto es que, en todas las elecciones, en Chile y el mundo, el comportamiento de los candidatos depende del lugar que ocupen en las encuestas.

 

Normalmente, se especula que los debates son momentos decisivos en la campaña. Pero en la mayoría de las campañas su efecto es menor, precisamente porque los candidatos que lideran se cuidan de cometer errores y los que van más atrás no logran arrastrar a los líderes a las polémicas. Además, como los candidatos que son malos debatiendo se preocupan de bajar las expectativas, mientras que los candidatos que supuestamente son buenos debatiendo difícilmente logran satisfacer las elevadas expectativas, los debates presidenciales generalmente no alteran las tendencias que vienen mostrando las encuestas de opinión en las semanas anteriores a ellos.

 

Si bien el primer debate televisado de candidatos presidenciales fue antes de las presidenciales de 1970, la cantidad de chilenos que tenía acceso a televisión en sus hogares era muy reducida y, como no había encuestas nacionales de intención de voto, resulta muy difícil evaluar si ese debate tuvo efecto en el resultado de aquella histórica contienda. En el período post dictadura, el primer debate se dio en 1989. Entonces, el candidato de la Concertación, Patricio Aylwin, llegó preparado para defenderse de las críticas que le iba a hacer su principal rival, el candidato de la coalición derechista, Hernán Büchi. Como Büchi y Francisco Javier Errázuriz atacaron, pero Aylwin se defendió bien, todos se declararon ganadores.

 

En cada elección posterior, la dinámica ha sido similar. Si bien en el debate de segunda vuelta en 1999, Ricardo Lagos fue particularmente enérgico, para contrarrestar la percepción de victoria que había generado Joaquín Lavín después de su alta votación en primera vuelta, la dinámica siempre ha sido que el que va segundo sale a pegar. Antes de las primarias de la Concertación en 2005—que no se realizaron, debido a que Soledad Alvear renunció a su candidatura—, los partidarios de Alvear pidieron 13 debates, uno por región. La negativa de Michelle Bachelet a participar en tantos debates fue criticada por algunos, que la acusaron de esconderse. En 2009, la decisión de Sebastián Piñera de rechazar varias invitaciones a debatir y aceptar sólo dos también fue criticada. Lo mismo en 2013, cuando Bachelet sólo aceptó participar en dos debates televisivos.

 

En 2017, nuevamente, el candidato que lidera en intención de voto, Sebastián Piñera, ha sido el más reacio a debatir con sus contendores. Eso es comprensible, en tanto es el que más arriesga. Como en esta elección, igual que en 2013, el resto de los candidatos correctamente indica que hay más incertidumbre sobre quién llegará en segundo lugar que sobre quién tendrá la votación más alta, los medios han convertido la competencia por la clasificación a segunda vuelta en la gran noticia de esta contienda.

 

En las siete semanas que faltan para la elección, lo más probable es que se realicen sólo dos debates presidenciales con todos los candidatos. El primero ocurrirá este jueves. Aunque en el pasado los debates siempre han generado atención y la opinión pública ha respondido con alta sintonía, esta campaña pudiera ser todavía menos atractiva para los debates presidenciales que la anterior, cuando la victoria de Bachelet parecía inevitable.

 

Como la pelea es por el segundo lugar, los debates presidenciales debieran convertirse en oportunidades para que los que pelean por ese puesto traten de convencer al electorado por qué ellos serían más competitivos contra Piñera en segunda vuelta que sus rivales. De hecho, como los contendores por el segundo lugar son casi todos de izquierda, tendría sentido sincerar la situación y, además de los debates en los que participe Piñera, esos candidatos debieran organizar debates adicionales entre ellos para que los votantes afines —y todos aquellos que no quieren ver a Piñera de regreso en La Moneda— decidan cuál de todas las opciones les parece más atractiva como rival del ex Presidente en la segunda vuelta.