Bachelet con el síndrome de Fidel

Patricio Navia

El Líbero, noviembre 29, 2016

 

La muerte de Fidel Castro ha producido un enorme debate sobre su legado. Pero hay menos dudas respecto a cuál será la dirección en que seguirá avanzando Cuba ahora que el líder histórico de la revolución ha desaparecido. Porque Fidel tenía más importancia histórica y simbólica que real, su partida solo ha llevado a discrepancias respecto a qué tan rápido Cuba continuará con las reformas liberalizadoras que, contra la voluntad del líder, comenzó a implementar su hermano Raúl Castro, el Presidente actual del país.

 

Aunque la comparación es imperfecta, la Presidenta Bachelet sufre de un síndrome similar al que experimentó Fidel Castro en sus últimos años. Si bien le quedan todavía 15 meses de gobierno, es poco lo que puede hacer ella para influir en la dirección en la que avanzará el país a partir de 2018.  Como La Moneda ya no tiene fuerza ni apoyo para impulsar las reformas pendientes en su programa y como la carrera presidencial de 2017 depende de muchas cosas, menos de lo que pueda hacer el gobierno, Bachelet está en la misma posición que Castro antes de morir. Su presencia se convierte en un dolor de cabeza para todos los que quieren comenzar a construir el país después de que termine este cuatrienio.

 

Si bien la historia deberá decidir si fue con el escándalo Caval o producto de la obsesión por refundar lo que no necesitaba refundación, el caso es que este Gobierno produce la misma sensación que produce un familiar desahuciado que está sufriendo demasiado y cuyos sufrimientos causan dolor a todos los que le rodean. Nadie lo quiere decir públicamente, pero todos quieren que el sufrimiento se termine pronto. No es que la gente odie a Bachelet, porque aunque su aprobación presidencial esté por el piso, sigue siendo una política querida por la gente. Los chilenos pueden creer que ya no tiene ni la fuerza ni la capacidad para cumplir sus promesas —o que realizó promesas incumplibles—, pero son muy pocos los que quieren que ella siga pasándolo mal como Presidenta (y que sus políticas sigan infligiendo daño a un país que no se merece un gobierno paralizado).

 

El contraste entre lo que fue el último año del primer gobierno de Bachelet y lo que será el 2017 no podría ser más dramático. Si bien las condiciones económicas en 2009 eran mucho peores de lo que serán en 2017, el ánimo del país era sensiblemente mejor. Los chilenos estábamos optimistas y confiados en el futuro. Hoy abundan dudas sobre la capacidad que tendrá el país para recuperar el ritmo de crecimiento y retomar el sendero del diálogo y los grandes acuerdos para seguir avanzando. Es verdad que las condiciones estructurales ahora son mejores que en 2009, pero es menor la disponibilidad para construir puentes en vez de muros y forjar diálogo en vez de imponer posiciones.

 

El vacío de poder por el que atraviesa el país ha apurado el ingreso a la carrera presidencial de varios aspirantes. Además del ex Presidente Ricardo Lagos y del ex secretario general de la OEA José Miguel Insulza, hay más de una docena de candidatos que formalmente han declarado sus aspiraciones presidenciales. El ex Presidente Piñera, que lidera las encuestas, actúa como candidato a tal punto que, cuando anuncie su decisión en marzo de 2017, la única sorpresa sería que se abstuviera de buscar un segundo período en el poder.

 

Los presidenciables están tratando de llenar un espacio que Bachelet ha dejado abandonado. En un país fuertemente presidencialista, ella ha optado por no enarbolar ninguna de las banderas con las que llegó al poder. Desde la educación gratuita hasta la reforma de pensiones, desde el aborto en sus tres causales hasta la elección directa de intendentes, las principales causas del gobierno han sido abandonadas por la Presidenta. Es verdad que habla de esos temas en sus cadenas de televisión y en sus restringidas y altamente controladas apariciones en público, pero no ha salido a dar la pelea a los programas de televisión y en entrevistas que ayuden a poner esos asuntos en la primera línea del debate. Sus debilitados ministros hacen esfuerzos para empujar la agenda, pero sin el poder comunicacional de La Moneda, resulta difícil navegar contra los vientos que quieren frenar la agenda presidencial.

 

Bachelet ha adoptado una posición similar a la que asumió Fidel Castro después de dejar formalmente el poder en 2008. Aunque habla ocasionalmente y sigue siendo la figura simbólica del gobierno, ya no sostiene el timón. En algunos temas manda el ministro de Hacienda, en otros, no manda nadie. El Gobierno va a la deriva y Bachelet es una figura con más poder simbólico que real. Por eso, cuando llegue el 11 de marzo de 2018 y ella abandone físicamente La Moneda, el efecto inmediato de su desaparición de escena sobre los destinos del país será menor. Ese abandono formal del poder será un mero trámite que confirme lo que se sabe de hace meses, que Bachelet ya no ejerce el poder en La Moneda.