Guillier: el renacimiento del bacheletismo

Patricio Navia

El Líbero, septiembre 27, 2016

 

Precisamente porque Alejandro Guillier representa lo mejor y lo peor del bacheletismo, su candidatura aparece como una amenaza para los poderes fácticos y resulta tan difícil de entender para aquellos que creen que los chilenos ya están cansados con Bachelet.

 

Así como a fines de 2004 la entonces ministra de Defensa Michelle Bachelet fácilmente dejó fuera de carrera a los que representaban el continuismo del estilo presidencial de Ricardo Lagos, la irrupción del senador Alejandro Guillier amenaza con dejar fuera de carrera al propio Lagos. Porque Guillier representa esa mezcla de aire nuevo (pero en rostro conocido), cercanía con la gente y distancia con los poderes fácticos, su imagen recuerda la forma en que irrumpió Bachelet en 2005 y el inmediato entusiasmo que generó en un electorado que ya pedía un cambio que los hiciera más protagonistas en la toma de decisiones.

 

Igual que Bachelet, Guillier es capaz de hacer que la gente vea en él lo que ellos quieren. Para algunos, Guillier terminará con los abusos. Para otros, acabará con las AFP, mejorará el acceso a la salud o garantizará la gratuidad de la educación. Da lo mismo el tema, con su imagen de un chileno normal que recién entra a la política, Guillier pertenece a la misma generación que Bachelet (él tiene 63, ella cumple 65 el 29 de septiembre). Ninguno de los dos tuvo poder en la década de los 90, cuando se cocinó la transición.

 

Ni Guillier ni Bachelet son expertos en políticas públicas. Lo suyo es la capacidad de comunicar. Como senador, Guillier ha tenido una labor discreta. No defiende ninguna bandera específica. Guillier ha logrado convertirse en un senador que todavía parece ocupar el rol de un periodista. Está en el Senado, pero no es uno de ellos. Vota las leyes, pero no se hace responsable de lo que pasa. Afortunadamente para él, la gente tampoco le exige responsabilidades.

 

Ahora bien, es cierto que chiste repetido sale podrido. Guillier no podrá hacer en 2017 la misma campaña que hizo Bachelet en 2005 o 2013. Si en 2005 Bachelet representó un cambio en un contexto de continuidad y en 2013 su candidatura fue de ruptura con el pasado concertacionista (incluso con el cambio de nombre de la coalición), Guillier deberá buscar un equilibro entre las promesas de cambio demasiado radicales y el temor a que nada cambie.

 

Hasta ahora, Guillier lo ha intentado diciendo que él representa una transición entre la vieja política y la nueva política. Si bien esa estrategia combina cambio con continuidad, también frena las demandas de cambio. Si él solo representa una sala de espera para lo que vendrá, ¿por qué no mejor votar por alguien que promete atención inmediata a los problemas que afligen a Chile?

 

Además, como Bachelet ya prometió cosas que no pudo cumplir, Guillier deberá ser cuidadoso con sus promesas. Si promete muy poco, decepcionará a la gente que quiere cambios concretos. Si sus promesas son más ambiciosas, deberá explicar cómo pretende cumplirlas. Después de la decepción por las promesas incumplidas de Bachelet, Guillier no podrá escudarse en decir que él cortará el queque o que él podrá disciplinar a los partidos. El candidato deberá especificar detalles y tomar posiciones. No bastará con decir dónde quiere llegar. El candidato deberá explicar cómo planea llegar hasta allá.

 

Con todo, la candidatura de Guillier tiene más oportunidades que amenazas. Su popularidad contrasta con el poco entusiasmo que genera en las filas oficialistas el ex Presidente Lagos. De hecho, Lagos genera más entusiasmo en los poderes fácticos que entre militantes de izquierda. Sus referencias a la gobernabilidad y su discurso enfocado en el Chile del 2050 más que en el Chile de hoy, reflejan que está más preocupado de la historia que de los electores que debe a seducir.  Mientras más empresarios aparezcan hablando bien de Lagos, más difícil le resultará al ex Presidente conquistar a esos votantes que hoy se vuelcan hacia Guillier.

 

La popularidad de un candidato que tiene tantas similitudes con Bachelet en su estilo y su mensaje de cambios fundacionales lleva a cuestionar el argumento sobre la impopularidad de las reformas que impulsa Bachelet. Si bien su aprobación personal está por el piso, Bachelet impulsó reformas que siguen siendo populares. La gente quiere terminar con el abuso y expandir la red de protección social. Bachelet puede haber errado el diagnóstico general del descontento y el camino para solucionar los problemas, pero la bandera de las reformas sigue siendo enormemente popular.

 

Si Guillier logra abrazar las banderas del cambio alejándose de la experiencia fallida de Bachelet, su candidatura será difícil de parar para un Lagos que aparece demasiado cercano a los poderes fácticos. Pero si repite la misma estrategia de Bachelet, entonces el popular senador correrá el riesgo de terminar cargando con todos los pasivos que ha producido este poco exitoso segundo periodo de Bachelet en el poder.