La irrelevancia del cambio de gabinete

Patricio Navia

El Líbero, septiembre 20, 2016

 

En un sistema fuertemente presidencial como el chileno, el gabinete de ministros solo tiene capacidad de ejercer el poder político que ostenta el primer mandatario y avanzar la hoja de ruta que define la presidencia. Cuando La Moneda ha perdido poder, es iluso creer que un cambio de gabinete logrará restituirlo. Ya que la Presidenta Bachelet lleva meses sufriendo el síndrome del pato cojo, resulta inútil apostar a que un cambio de gabinete revertirá su decreciente cuota de poder.  Para todos los efectos prácticos, este gobierno ya puede darse por finalizado.  Aunque la bipolaridad de anunciar que las reformas ya se acabaron y, por otro lado, seguir impulsándolas seguirá caracterizando el accionar del gobierno.

 

La segunda presidencia de Michelle Bachelet pasará a la historia por la errada lectura que hizo la mandataria sobre el momento por el que atravesaba el país y por la hoja de ruta que diseñó su gobierno para abordar los desafíos en su cuatrienio.  Aunque correctamente leyó que los chilenos estaban descontentos con la situación actual y querían un cambio, Bachelet erró en su interpretación sobre la causa del descontento y sobre qué cambio querían los chilenos.  En vez de avanzar hacia un modelo de libre mercado con mayor inclusión social y menos abuso, Bachelet pensó que los chilenos querían ver más Estado en todas las dimensiones de su vida.  De ahí que sus reformas buscaron reducir la presencia del mercado y ampliar la del Estado.   Los resultados de esas reformas han sido, para decirlo sin medias tintas, desastrosos.   La economía del país se frenó, la gente ha visto aumentar su frustración y las soluciones que Bachelet prometió no se materializaron.

 

Pero como resulta más fácil negar la realidad que enfrentar una situación adversa, el gobierno de Bachelet ha optado por culpar al empedrado y ha insistido en que Chile necesita una profundización de las reformas mal diseñadas y peor implementadas.  Pero haciéndose cargo de la presión para abandonar la hoja de ruta fundacional, el gobierno ha intentado dejar contentos a todos—asegurando que se acabaron las reformas pero a la vez impulsando nuevas reformas fundacionales.

 

La iniciativa a favor de la elección directa de intendentes constituye un gran ejemplo de esa contradicción. Si bien hay excelentes razones para apoyar esa reforma, es difícil no definirla como un cambio profundo en la institucionalidad.  Luego, o el gobierno acepta que sigue impulsando reformas fundacionales o abandona la iniciativa de lograr la elección directa de intendentes en 2017.  Lo mismo vale para el proceso constituyente.  No se puede decir por un lado que se acabaron las reformas fundacionales y por otro insistir en que Chile debe entrar a un momento constituyente que tenga como resultado una nueva constitución.  Esta lógica aplica a muchas otras áreas, desde la educación superior hasta las pensiones. El gobierno dice que terminó su afán reformador, pero apenas se presenta un problema, Bachelet propone una nueva gran reforma.

 

Esta contradicción vital que reina en el gobierno inevitablemente golpea la capacidad del gabinete para hacer bien su tarea. Ningún gabinete va a funcionar si el gobierno no se decide entre impulsar una hoja de ruta fundacional o apretar el freno y decir hasta aquí no más llegamos.  Mientras La Moneda intente hacer las dos cosas a la vez, cualquier gabinete va a fracasar.  Aunque Bachelet pudiera reclutar al mejor equipo disponible de colaboradores, nadie podrá hacer bien su trabajo si el gobierno no se decide entre seguir avanzando con su proyecto fundacional o simplemente dedicarse a administrar una retirada ordenada en un ambiente económicamente adverso y electoralmente incierto.

 

Los cambios de gabinete a menudo ayudan a ordenar a los equipos en torno a una visión de país y una hoja de ruta que el gobierno ha definido con anticipación.  Cuando La Moneda sabe hacia dónde quiere ir, nombrar a un gabinete conducente a esos objetivos ayuda a mejorar las posibilidades de llegar a la meta.  Pero cuando el gobierno no sabe cuál es su objetivo y la hoja de ruta es contradictoria y confusa, entonces da lo mismo la composición del equipo de ministros. Independientemente de quienes componen la tripulación, es imposible que el barco llegue a buen destino.

 

Habiendo transcurrido 30 meses de gobierno, y con solo 18 meses restantes (y sólo 14 meses hasta la primera vuelta presidencial en 2017), es demasiado tarde para que el gobierno corrija sus errores y enmiende el rumbo.  Para todos los efectos prácticos, el gobierno ya se acabó. Aunque, por eso mismo, resulta inevitable que La Moneda insista en su bipolar comportamiento de anunciar que se acabaron las reformas y seguir impulsando reformas fundacionales.  Por eso, da un poco lo mismo si se produce un nuevo cambio de gabinete o los nombres de los nuevos ministros.  Mientras el piloto de la nave mantenga su comportamiento errático, dan lo mismo los nombres de quienes conformen, o lo que haga, la nueva tripulación.