El Chile de Lagos

Patricio Navia

El Líbero, septiembre 6, 2016

 

La forma en que Ricardo Lagos Escobar anunció su candidatura presidencial deja en claro la profunda disociación entre el Chile al que le está hablando y el Chile que se ha desarrollado desde el retorno de la democracia en 1990. Precisamente porque Lagos fue clave en ayudar al crecimiento de este nuevo Chile, resulta paradójico que el ex Presidente articule un discurso para un Chile que él mismo ayudó a enterrar.

 

A la usanza de la vieja política, Lagos anunció su candidatura presidencial declarándolo de modo alambicado. En vez de decir “seré candidato presidencial”, Lagos prefirió decir “yo no me restaré a este nuevo desafío”. En un país donde el hablar franco y directo se ha impuesto por sobre las formas profundamente elaboradas, Lagos aparece como un viajero del pasado que irrumpe en un mundo acelerado, con poco tiempo y menos paciencia para los formalismos. En época de reggaetón, la candidatura de Lagos tiene la cándida ambigüedad del estilo que usaba el Profesor Jirafales para cortejar a Doña Florinda.

 

Pero la forma en que Lagos anunció su candidatura también refleja el centro de atención del ex Presidente. En vez de poner el énfasis en la Presidencia, Lagos pone el énfasis en su valentía, al anunciar que no se restará del desafío. Es más, en las explicaciones que dio de por qué anunciaba ahora su candidatura, Lagos explicitó que lo hacía, en parte, para “que no me digan a mí que por temor a perder una elección no seré candidato”.

 

La trayectoria política del ex Presidente Lagos ha sido notable. El programa televisivo en que enfrentó a Pinochet mirando directamente a la cámara lo catapultó a la fama. Si el plebiscito de 1988 fue el momento en que Pinochet perdió el poder, también se convirtió en el momento en que Ricardo Lagos se probó el traje de candidato presidencial. Después de su derrota ante Eduardo Frei en las primarias semi-abiertas de 1993, Lagos trabajó para consolidar sus aspiraciones presidenciales. En enero de 2000, con Pinochet bajo arresto domiciliario en Londres, en un Chile sin ley de divorcio y con censura en el cine, Lagos se convirtió en Presidente. Sus críticos le achacan las últimas privatizaciones, las carretas concesionadas, el fallido tren al sur, el diseño del Transantiago y el Crédito con Aval del Estado (CAE) para la educación superior. Pero entre sus legados destacan también el fin de los senadores designados y otras reformas de 2005 a la Constitución de 1980, el impresionante desarrollo de infraestructura, la masificación en el acceso a la educación superior y la ampliación de las libertades individuales. Chile fue un país mucho mejor después de Lagos que antes de que llegara al poder el primer izquierdista después de Allende.

 

Pero precisamente porque Lagos contribuyó a desatar los vientos de cambio que transformarían a Chile de forma tan profunda en lo que va de este siglo, resulta difícil de entender por qué Lagos le sigue hablando al Chile que ya no existe. Es verdad que el Presidente usó las redes sociales para comunicar su mensaje y repetidamente habló del futuro. Pero el estilo de Lagos sigue siendo de pasado. Lagos gusta de hablar desde un púlpito. Se refiere a sí mismo en tercera persona. Casi infantilmente, se esfuerza en recordarnos que él es valiente.

 

Lagos no les habla horizontalmente a los chilenos. Tampoco se anima a salir a las calles de Chile a hablar con la gente. Lagos no lleva su candidatura a las ferias, centros educacionales, calles, plazas y malls del país. La candidatura de Lagos se viste de modernidad y tecnología, pero no emana ni interactúa con el Chile moderno. No usa el lenguaje del Chile moderno, pero por sobre todo, no se adapta al principal requisito del Chile actual: los candidatos deben hablarle a la gente horizontalmente, de frente, a su misma altura. Lagos sigue siendo el líder que golpea la mesa, que habla fuerte, que predica desde el púlpito.

 

En un Chile que vivía bajo el autoritarismo, esa estrategia funcionó para dar certezas y garantías de seguridad y orden. Pero en un Chile que se ha acostumbrado a la democracia, a la deliberación y que aprende a vivir en la horizontalidad que supone la vida democrática, el dejo autoritario de Lagos parece encontrar más apoyo en un mundo nostálgico del autoritarismo de antaño que en aquellos que cotidianamente viven en la sociedad donde todos aspiramos a ser iguales.

 

Por eso, aunque genere entusiasmo en los poderes fácticos y en la vieja guardia concertacionista y despierte nostalgias en la elite por un Chile que ya no existe, para ser viable, la candidatura de Lagos deberá demostrar también que es capaz de bajarse del púlpito, recorrer las calles y hablarle horizontalmente al Chile de hoy. Porque el Chile de hoy es muy distinto al Chile que vio nacer al Lagos candidato y, especialmente, porque el propio Lagos ayudó a enterrar a ese Chile, las candidaturas presidenciales de hoy no serán viables a menos que, parafraseando a Nicanor Parra, los políticos bajen del Olimpo.