Más candidatos que propuestas

Patricio Navia

El Líbero, agosto 30, 2016

 

La proliferación de candidatos presidenciales para la contienda de 2017 refleja tanto la creciente personalización de la política como la dificultad de conciliar las demandas de la ciudadanía con las bajas expectativas sobre crecimiento económico. Dado el poco margen para hacer promesas ambiciosas, los candidatos se diferenciarán a partir de sus atributos personales.

 

En los últimos años, la política chilena ha avanzado por el mismo camino hacia la profundización del voto personal que han experimentado muchas otras democracias en el mundo. Porque las diferencias ideológicas se han matizado (nadie seriamente propone un modelo de desarrollo alternativo al capitalismo, aunque muchos ganen elecciones haciendo campaña contra los aspectos negativos del modelo), las diferencias entre distintas propuestas tienen más que ver con quién será el piloto que administre el modelo neoliberal que con hojas de ruta distintas. De ahí que en la mayoría de los países desarrollados, las elecciones se centren más en los liderazgos personales que en las ideologías de los partidos que postulan a los candidatos. Desde Estados Unidos hasta Europa occidental, las diferencias ideológicas se han reducido y se resaltan en cambio los atributos personales de distintos candidatos.  Aunque algunos candidatos aún buscan diferenciarse con promesas extremas, el solo hecho que esas promesas sean impracticables e irrealizables confirma que la gente está escogiendo líderes nacionales por sus atributos personales más que por el contenido de sus programas.

 

En América Latina, el fin del ciclo alto de los commodities ha llevado a todo los candidatos a cambiar el foco desde la distribución de la riqueza a la generación de nueva riqueza. Incluso en Chile, cuya elección presidencial de 2013 se centró más en la distribución de la riqueza que en formas de asegurar más generación de riqueza, el nuevo aire dominante en la arena electoral comienza a centrarse en la generación de riqueza que en cómo distribuirla. Pero para un país cuyo modelo de desarrollo en las últimas tres décadas se basó en la exportación de recursos naturales, resulta complejo plantear modelos de desarrollo capitalistas alternativos en un contexto adverso para el crecimiento rentista. Por otro lado, como los chilenos no quieren un modelo alternativo, sino aspiran a que el modelo funcione igual para todos, el rango de alternativas es bastante reducido.

 

Con todo, en Chile hay un gran acuerdo respecto a que no podemos seguir dependiendo del crecimiento impulsado por la importación de recursos naturales, pero no hay suficiente desarrollo de ideas que muestren un camino alternativo de desarrollo. Aunque algunos postulan invertir en capital humano, desarrollar clústers tecnológicos o incluso promover la integración regional para hacer frente a la nueva realidad mundial, aún no hay hojas de ruta acabadas que puedan ser sometidas al escrutinio público de cara a la presidencial de 2017.

 

La ausencia de propuestas concretas no parece ser un gran problema precisamente debido a la obsesión que produjo el programa de gobierno de Bachelet en 2013. Como el programa se convirtió en un fetiche para la Nueva Mayoría, ahora nadie parece muy interesado en redactar un programa nuevo. Pero el programa de Bachelet era mucho más una declaración de intención sobre dónde ella quería llegar más que una hoja de ruta sobre cómo llegaríamos ahí. Con todo, dado el uso panfletario que se le dio, el concepto de programa de gobierno ha quedado altamente desprestigiado en el país. En vez de entenderse como un plano para construir una casa —que inevitablemente deberá ser revisado para ajustarlo a las realidades cambiantes del terreno y del presupuesto—, el programa de gobierno de Bachelet fue visto como una camisa de fuerza que ha terminado por ayudar a hundir a esta administración.

 

Todo esto llevará a la contienda presidencial de 2017 a convertirse en una entre liderazgos personalistas que prometan llevar al país a buen puerto sin especificar cómo lo harán. La presencia de dos ex Presidentes —cuyo principal argumento es que ya gobernaron bien y, por lo tanto, volverán a hacerlo bien— ayuda a centrar el foco en los atributos personales más que en las propuestas de campaña. La larga lista de desafiantes que ya se ha formado también dificulta la discusión de ideas por sobre los atributos personales. En un país donde la clase política aparece muy desprestigiada y en un mundo donde los atributos personales pesan cada vez más en la decisión de los votantes, debiéramos prepararnos para que la próxima campaña presidencial sea más personalista de lo que ya han sido los comicios recientes. Además, ante el desprestigio del concepto de un programa de gobierno y la ausencia de ideas concretas sobre cómo retomar el sendero del crecimiento y de mayor justicia social ahora que se acabó el boom de los commodities, la campaña presidencial de 2017 tendrá muchos más rostros que ideas.