El fetiche del programa

Patricio Navia

El Líbero, agosto 19, 2016

 

La polémica respecto a qué tan obligado está el gobierno de la Nueva Mayoría a cumplir al pie de la letra el programa de gobierno refleja la concepción equivocada de algunos sobre cómo funciona la democracia. Los programas no son contratos. A lo más, son hojas de ruta que van siendo ajustadas de acuerdo a cómo evoluciona el país, a la coyuntura y a los cambios en la correlación de fuerzas política que ocurren en sociedades democráticas en que todos tratan de avanzar sus propios intereses.

 

Desde el gobierno de Salvador Allende que el contenido de un programa de gobierno de un candidato no había generado tanta controversia. En buena medida, el problema que tiene el gobierno de la Presidenta Bachelet se parece al que en su momento tuvo Allende. Como la coalición oficialista está conformada por partidos con visiones de sociedad profundamente diferentes, el programa de gobierno puede interpretarse como base común sobre la que construir. Ocurre que en este caso, esa base común está cargada hacia la izquierda, lo que incomoda al PDC. Después de todo, la redacción del programa de gobierno se hizo en el círculo más cerrado del bacheletismo, donde el PC tiene un peso relativo mayor que su tonelaje electoral y el PDC siempre ha tenido una presencia menor de lo que debiese ser dado su caudal electoral y la importancia estratégica que implica tener a ese partido en la coalición de centro-izquierda.

 

A diferencia de lo que ocurrió con el programa de Allende —y con el estatuto de garantías constitucionales firmado por él para asegurar el apoyo del PDC en la elección presidencial que debió realizar el Congreso para elegirlo—, esta vez el PDC pareció más interesado en ser parte del gobierno que en el contenido del programa. Porque además el programa fue hecho público recién un mes antes de la elección, resulta evidente que la formación de la NM —incluida la nominación de candidatos— se realizó antes de que se definiera cuál sería la base programática común de la nueva coalición. En otras palabras, la Nueva Mayoría se fue a vivir bajo un mismo techo antes de acordar las reglas de convivencia y los principios que guiarían el nuevo conglomerado.

 

Ahora que aparecen los obstáculos del camino, los errores no forzados y los vientos adversos que soplan en la economía internacional (y que el gobierno ha ayudado a estimular abriendo puertas y ventanas de reformas mal diseñadas y mal aplicadas), el PDC está sugiriendo que es momento de desechar la hoja de ruta y definir una nueva que evite que el barco se vaya a la deriva y que permita llegar a puerto seguro antes de enfrentar las elecciones de 2017. En cambio, el PC, y varios sectores de izquierda —entre los que presumiblemente está la propia Presidenta (no olvidemos el realismo sin renuncia)— están convencidos de mantener la hoja de ruta inicial. Los talibanes del programa saben bien que los chilenos votaron por Bachelet sin leer el mamotreto de 200 páginas ni conocer el detalle de su contenido. Pero ideológicamente, la izquierda de la NM siente el programa como la materialización de sus sueños largamente reprimidos en los 20 años de gobiernos concertacionistas. Para la izquierda, renunciar ahora al programa refundacional significa renunciar a la posibilidad de derribar el modelo de libre mercado que construyó Pinochet y mejoró la Concertación, humanizándolo y poniendo el foco en la inclusión social. De ahí su resistencia a redibujar la hoja de ruta del gobierno para lo que resta del periodo.

 

Por otro lado, el hecho que el PDC solo ahora haga público su desacuerdo con el programa aparece como oportunista y desleal. Después de todo, aunque la mayoría de los chilenos no leyó el programa, el PDC debió haberlo leído y públicamente expresado sus diferencias antes de que la gente tuviera la oportunidad de votar. Pero como en noviembre de 2013 estar cerca de Bachelet era grito y plata, el PDC prefirió guardar sus principios en el bolsillo y aprovechar los dividendos electorales de acercarse disciplinadamente a Bachelet.

 

Es verdad que en las democracias que funcionan, los programas de gobierno son guías generales y no hojas de ruta irrenunciables. La gente elige líderes para que lleven el país a buen puerto, no pilotos cuya única obligación es seguir una guía de instrucciones sin hacerse cargo de la realidad que enfrentan en el camino. Pero si bien la postura del PDC es la correcta en tanto describe adecuadamente la forma en que funciona la democracia, es incuestionable que al levantar recién ahora su voz contra ciertos aspectos del programa, el PDC peca de oportunista. Por eso, si bien tiene razón en exigir que el gobierno de Bachelet abandone su fetiche con el programa de gobierno, la actitud oportunista del PDC de recién ahora exigir sensatez explica por qué ese partido pasó de ser el más importante y más votado en Chile a convertirse en un socio menor de la Nueva Mayoría que, hoy por hoy, está perdiendo el gallito con el PC.