Salvadores de la patria

Patricio Navia

El Líbero, agosto 2, 2016

 

Todos los candidatos presidenciales inevitablemente caen en el juego de afirmar que el país estará mejor si ellos resultan victoriosos. Pero al sugerir que el país atraviesa por una severa crisis institucional, el ex Presidente Ricardo Lagos tácitamente se ha auto designado salvador de la institucionalidad. Sus declaraciones recuerdan la autodestructiva advertencia del dictador Pinochet que, antes del plebiscito de 1988, las opciones eran él o el caos. Lamentablemente para Lagos, los chilenos no creen que el país atraviese por una crisis terminal. Al contrario, la percepción generalizada es que tenemos la oportunidad de construir una mejor democracia, con más inclusión, más horizontalidad e instituciones que funcionen para el bienestar de todos y no solo para los poderosos de siempre y los que abusan.

 

En el Chile de hoy, hay dos visiones contrapuestas respecto a las tensiones que han producido los mayores niveles de transparencia y el acceso más amplio a la información que antes era manejada solo por la elite. Para algunos, como Ricardo Lagos, estamos en un momento de crisis en que la institucionalidad se ve amenazada. Para otros, la democracia chilena atraviesa por un estadio de desarrollo que hace inviable pensar que la solución es volver al pasado cuando las soluciones se negociaban entre cuatro paredes por miembros de la elite no sujetos al escrutinio público.

 

La evidencia se acumula a favor de la segunda postura. Es erróneo pensar que estamos en una crisis cuando hay mayores niveles de transparencia, instituciones del estado que muestran su independencia y una opinión pública que tiene un saludable nivel de desconfianza en sus autoridades. La democracia chilena es más compleja, pero eso también significa que es más sólida y tiene raíces más profundas.

 

Los niveles de corrupción en Chile no son hoy mayores que antes. Nadie puede pensar que el financiamiento irregular de campañas es un fenómeno que partió hace poco. Porque las campañas del Sí y el No en 1988 costaron plata, resulta inevitablemente imaginar que el financiamiento provino de la misma clase empresarial que ha financiado las campañas posteriores. La gran diferencia entre el Chile de antes y el Chile de hoy es que ahora tenemos más acceso a la información y hay más transparencia. El cepo mediático que alguna vez existió en Chile se ha roto. La independencia de los fiscales y la diversidad en la oferta de medios de información ha permitido avanzar en investigaciones que antes se cerraban simplemente porque el Presidente de turno así lo determinaba, por razones de estado.

 

Es verdad que la gente confía mucho menos en su clase dirigente. Pero la mayor transparencia y el mejor acceso a la información han producido que la confianza en la clase dirigente disminuya en todo el mundo. Chile no es ajeno a esa tendencia. Algunos pueden añorar la época cuando la gente confiaba ciegamente en su clase dirigente. Pero una democracia desarrollada, con más y mejor acceso a la información inevitablemente lleva a la gente a conocer más las debilidades y limitaciones de su clase dirigente. Los menores niveles de confianza son tan inevitables como saludables. Un país que confía demasiado es un país con una clase media débil y susceptible a caer presa de promesas populistas.

 

Por eso resulta irresponsable asociar la mayor transparencia y la menor confianza en las autoridades a una crisis de las instituciones. Las declaraciones del Presidente Lagos haciendo esa relación son especialmente sorprendentes precisamente porque fue durante el sexenio del propio Lagos cuando explotaron mediáticos escándalos de corrupción que también pusieron a prueba a las instituciones. El gobierno de Lagos estuvo en una posición tan defensiva que un el conocido columnista Ascanio Cavallo llegó a sugerir que Lagos pudiera no terminar su periodo en el poder. Pero, como gustaba decir a Lagos, las instituciones funcionaron y Chile fue un mejor país después de que se alcanzó un acuerdo para superar el impase generado por la crisis del escándalo del MOP-Gate.

 

Ahora que los principales actores políticos comienzan a posicionarse para la próxima campaña electoral presidencial, es oportuno recordar que los países avanzan hacia adelante y no soñando con volver a un pasado idealizado y mítico. Aquellos que se ofrezcan como salvadores que vienen a rescatar al país de una crisis institucional se encontrarán con una sociedad pujante, activa, informada y crítica que quiere mejorar el país, hacerlo más justo, más igualitario y más transparente. Esos chilenos no quieren salvadores, quieren instituciones más fuertes y más sólidas que permitan seguir avanzando en la construcción de un país más desarrollado, donde el poder está más distribuido y donde las autoridades están sometidas a mayores niveles de escrutinio y cuestionamiento. Una democracia más sólida es una democracia que también está más preparada para rechazar a los autoproclamados salvadores de la patria.