¿Cuánto pesa Rodrigo Valdés?

Patricio Navia

El Líbero, junio 24, 2016

 

La decreciente influencia de Rodrigo Valdés al interior del gobierno de la Presidenta Bachelet ha puesto en cuestionamiento la importancia que tiene en el nuevo escenario político nacional la figura del Ministro de Hacienda. El descontento con la vieja forma de hacer política que privilegiaba la reservada cocina de la elite sobre la vociferante plaza pública ha alcanzado también a la otrora todopoderosa oficina de Teatinos 120. Pero si bien es ilusorio esperar que Valdés ejerza el poder que alguna vez tuvieron Alejandro Foxley, Nicolás Eyzaguirre o el propio Andrés Velasco, es evidente que el poder que llegó a tener en sus primeros meses se ha ido diluyendo. En las últimas semanas, ha quedado claro que, comparado consigo mismo hace unos meses, Valdés es un ministro de Hacienda menos poderoso.

 

La evolución de la democracia chilena ha hecho que desaparezcan muchas de las convenciones que se creyeron leyes inalterables de la política en la década de los ’90. Cuando Michelle Bachelet nombró a Alberto Arenas como su ministro de Hacienda, muchos dieron por sentado que él acompañaría a la Presidenta durante todo el cuatrienio. Alegando que los ministros de Hacienda nunca eran removidos de sus cargos, esos observadores se olvidaron de que las cosas no pasan hasta que pasan.

 

La caída de Arenas dejó en claro que el Ministerio de Hacienda ya no era ese espacio de incuestionable poder que lograba imponer su voluntad y forzaba la disciplina de los parlamentarios oficialistas. Si bien Hacienda tuvo un poder incuestionable en los primeros cuatro gobiernos de la democracia, la evolución de la política hacia un equilibrio más inestable, con más actores relevantes, más poderes de veto (no solo los llamados poderes fácticos de la transición) y más intereses cruzados, terminó por pulverizar también la condición de poder fáctico que tenía el ministro de Hacienda.

 

El nombramiento de Valdés llevó a muchos a equivocadamente pensar que se restablecía el viejo orden de un ministro de Hacienda todopoderoso. Pero las cosas habían cambiado y ya no era posible volver atrás. Valdés entendió rápidamente que debería granjearse lealtades y ganarse el apoyo de legisladores oficialistas y de oposición para poder imponer sus visiones y propuestas. Es más, Valdés rápidamente dejó en claro que debía hacer un juego político cuidadoso al interior del gabinete para convencer a las voces más fundacionales y a los creyentes en la retroexcavadora. Porque no era cercano a Bachelet y porque su llegada representaba una concesión del gobierno a las presiones de los sectores más moderados, Valdés siempre entendió que debía ganarse espacios de poder en un ambiente hostil.

 

En los 13 meses que lleva como ministro, ha dado numerosas batallas. Ha ganado algunas y perdido otras. Pero en la evaluación global, el ministro de Hacienda ha sido incapaz de acumular poder suficiente para convertirse en un líder al interior del gabinete. Es más, en semanas recientes, Valdés ha perdido disputas importantes. Sus posturas han sido derrotadas por las de ministros que, en el papel, debieran tener menos poder que él. Es cierto que Valdés navega contra la corriente. Sus posiciones tienden a estar en polos opuestos a aquellas favorecidas por la Presidenta Bachelet. Es minoría en un gobierno que todavía siente nostalgia por los meses cuando todos iban arriba de la retroexcavadora. Luego, es injusto exigirle a Valdés que ganara todas las peleas que ha dado. Su desafío siempre fue difícil y su éxito nunca estuvo garantizado.

 

Pero también es innegable que los bonos de Valdés van a la baja. El ministro de Hacienda nunca alcanzó a ejercer el poder que tradicionalmente ejercieron sus antecesores. Después de sus derrotas recientes, ejerce menos poder e influencia que la que llegó a tener en sus primeros meses en el poder. Aunque sigue siendo el mejor aliado de las fuerzas moderadas y gradualistas en el gabinete, Valdés no ha logrado convertirse en un contrapeso para los que predican un discurso refundacional. Toda su moderación choca con el entusiasmo constituyente que fluye en el gobierno.

 

Aquellos que todavía esperan que el gobierno retome el diálogo y el pragmatismo en aras de volver al sendero del crecimiento sostenido hacen bien en poner sus esperanzas en lo que pueda hacer Valdés. Después de todo, el ministro de Hacienda sigue siendo el defensor más poderoso de las banderas del libre mercado que habían ondeado orgullosamente desde 1990 en Teatinos 120. Pero poner las esperanzas en Valdés no significa creer que él puede ganar la batalla. Los hechos recientes confirman que el ministro de Hacienda está en una posición de creciente debilidad. Si bien él es la última esperanza, nadie debiese hacerse demasiadas expectativas de que el jefe de la cartera de Hacienda sea capaz de llevar al gobierno a corregir rumbo y priorizar una sociedad que reclame por sus derechos pero también se haga cargo de sus responsabilidades.