Ministro del Interior: de baja energía a energía cero

Patricio Navia

El Líbero, junio 9, 2016

 

Para ningún observador resulta sorpresivo que el ministro del Interior, Jorge Burgos, haya renunciado. La mala relación que siempre ha tenido Bachelet con sus ministros del Interior permite anticipar que el recién nombrado Mario Fernández seguirá por el mismo camino de desencuentros y descoordinaciones. Tal vez la única diferencia entre Jorge Burgos y Mario Fernández es que mientras el ministro saliente se caracterizaba por su flemática tranquilidad que rayaba en el aburrimiento y desgano, Fernández demostrará todavía menos energía. Felizmente, a diferencia de las altas expectativas que había cuando Burgos llegó a su cargo, nadie espera que Fernández rescate milagrosamente al gobierno de la Nueva Mayoría que ya aparece resignado a pasar a la historia como el de peor desempeño desde el retorno de la democracia.

 

La salida de Burgos se parece al fallecimiento de un paciente que lleva varios meses con cáncer terminal. Como el desenlace era inevitable, aunque era difícil anticipar el momento en que ocurriría, la renuncia que hoy se hizo pública no sorprendió a nadie. Igual que la muerte del paciente significa también un descanso para todos los que cotidianamente lo veían sufrir, la renuncia de Burgos representa también un descanso para los que eran testigos de su incapacidad para influir en las decisiones que toma el gobierno de Bachelet. Hace meses que Burgos estaba molesto, incómodo y desganado.

 

La llegada de Mario Fernández refleja también lo mucho que ha cambiado el ambiente desde que Burgos fue nombrado ministro del Interior. Cuando Burgos llegó a Palacio, muchos esperaban que el nuevo ministro pudiera poner orden y encarrilar al gobierno por el sendero del diálogo, la moderación, el pragmatismo y el sentido común que tanto se echa de menos de la época de los gobiernos de la Concertación. La llegada de Burgos estuvo llena de altas expectativas. Pero al cabo de unos meses, quedó claro que al gobierno no lo salvaba nadie. Apenas se sintió más poderosa, la Presidenta abandonó la actitud de “realismo sin renuncia” que había adoptado en los meses que siguieron a la llegada de Burgos. El veranito de San Juan concertacionista duró muy poco. Burgos fue superado por la realidad de un gobierno que no creía que debía corregir el rumbo, sino solo ganar tiempo para seguir impulsando sus reformas. Incluso en aquellos momentos que el gobierno reconocía que debía frenar sus impulsos fundacionales —como cuando se acuñó el concepto del fin de la obra gruesa— la embriaguez fundacional se salía por los poros —con Bachelet impulsando un proceso constituyente que busca promulgar una nueva constitución o cuando el gobierno decidió impulsar una reforma constitucional que establezca la titularidad sindical—.

 

Por eso, a estas alturas del gobierno, cuando queda poco más de un año para que se inscriban los candidatos para las primarias presidenciales de 2017, nadie deposita muchas esperanzas en lo que pueda hacer el afable y tranquilo Mario Fernández. A lo más, se espera que Fernández intente administrar una retirada ordenada, evitando el quiebre de la Nueva Mayoría antes de que los vientos electorales de 2017 pongan a prueba a la coalición de gobierno menos exitosa de la historia reciente, en términos de crecimiento y creación de empleos.

 

El pesimismo reinante sobre la capacidad del gobierno para enmendar rumbo es ampliamente justificado. Nadie puede enmendar rumbo si no está primero convencido de que avanza por el camino equivocado. Como la Presidenta Bachelet está convencida de que está haciendo lo que es mejor para Chile, difícilmente los consejos de un ministro del Interior que cree algo distinto podrán tener efecto. Fernández deberá decidir entre dar una pelea para arrebatarle poder a los defensores de la tesis refundacional o bien, siguiendo el ejemplo de Burgos, asumir un papel figurativo que lo convierta en un actor secundario.  Parece razonable anticipar que Fernández está poco interesado en forzar un golpe de timón que ponga al gobierno de la Nueva Mayoría en el sendero de las reformas moderadas, graduales y pragmáticas.

 

Como líder de la Nueva Mayoría, una coalición que se definió a partir de la diferenciación con la Concertación, la Presidenta Bachelet hizo muchas cosas diferentes en su segundo gobierno respecto al primero. Pero hay dos cosas que parecen ser calcadas de su primer gobierno. La primera, y es la que más le debe doler a la Presidenta, es que en ambos gobiernos, Bachelet fue incapaz de proyectar su legado más allá del cuatrienio. Aunque no se sabe aún a quién entregará la banda presidencial en marzo de 2018, parece claro que no será a nadie de la Nueva Mayoría. La segunda es la mala relación que tuvo con sus ministros del interior y la poca importancia política que ellos tuvieron en el gobierno. No hay razón para pensar que la llegada de Mario Fernández a Interior vaya a cambiar ese patrón de conducta.