El que pone la música constitucional

Patricio Navia

El Líbero, mayo 6, 2016

 

Las diferencias en Chile Vamos respecto a cómo reaccionar al intento del gobierno por disfrazar una consulta ciudadana no vinculante como proceso constituyente anticipan una nueva derrota electoral y política para la derecha chilena. Mientras la derecha no se ponga de acuerdo respecto a si se debe promover una nueva constitución o sostener que basta con reformar la actual, la Nueva Mayoría seguirá en el control de la música en este debate constitucional que se convertirá en campo de batalla en las elecciones presidenciales de 2017.

 

Si bien nadie cuestiona el origen autoritario de la constitución, hay discrepancias sobre si esa ilegitimidad de origen es razón suficiente para iniciar un proceso constituyente. Los moderados creen que no es necesario botar la casa para construir una nueva. Basta con hacerle remodelaciones para ajustarla a las necesidades de la democracia de hoy. En cambio, los radicales creen que la única forma de lavar el pecado de origen es haciendo una constitución nueva, que albergue a todos los chilenos, con inclusión, participación y todo tipo de adjetivos calificativos con los que nadie puede estar en desacuerdo.

 

Aquellos a favor de una nueva constitución —los constituyentes— apuntan a ‘falencias’ en la actual. Pero en realidad les molesta es el origen. Aun si hubiera acuerdo para bajar los cuórums, modificar las atribuciones del Tribunal Constitucional y ampliar los derechos, el problema del origen autoritario seguiría existiendo. En cambio, los que abogan por reformas graduales cuestionan la idea de derribar toda la constitución solo para cambiar algunos artículos. Incluso las trampas constitucionales pueden ser modificadas sin un proceso constituyente. Para ese grupo, el hecho de que la constitución se haya legitimado en democracia importa más que su origen autoritario. El pecado inicial se ha redimido en tanto la democracia se ha consolidado dentro de los márgenes constitucionales. Pudiera ser que la casa ya nos haya quedado chica. Pero es mejor remodelarla y ampliarla que derribarla para construir una nueva (especialmente cuando se avecinan tiempos difíciles por el fin del ciclo de los commodities).

 

Como la opinión pública está a favor de una nueva constitución, la derecha parece no querer defender públicamente solo las reformas graduales. Sus principales líderes —incluidos el ex Presidente Piñera— han mantenido una posición ambigua que, por un lado defiende la gradualidad pero, por otro, acepta el concepto de nueva constitución. Al resignarse a una nueva constitución, la derecha acepta que la Nueva Mayoría esté en el control de la música que se toca en la fiesta de este debate constitucional. Por más que la derecha después trate de bailar a otro ritmo, el que tiene el control de la música es el que decide de qué tipo será la fiesta. Al aceptar la premisa de que Chile necesita una nueva constitución, la derecha queda arrinconada a poder influir solo el camino por el cual se va a lograr ese objetivo.

 

Los chilenos están mayoritariamente a favor de una nueva constitución por dos razones. Primero, porque gustan del concepto de lo nuevo. La gente no tiene posiciones marcadas sobre las características que deben tener las instituciones de nuestra democracia. Incluso, más que quitarle poderes al Tribunal Constitucional, los chilenos preferirían que se redujera el número de senadores y diputados. El apoyo a la nueva constitución se explica igual que el apoyo a un auto nuevo. Lo nuevo es más atractivo que lo viejo.

 

La segunda razón tiene que ver con la asociación entre la nueva constitución y la expansión de derechos. La gente cree que una nueva constitución evitará el abuso y otorgará mayores derechos en salud, educación, pensiones y protección social. Es cierto que una nueva constitución puede explicitar más derechos, pero la actual también puede ser modificada para incorporar más derechos. En ambos casos, la materialización de esos derechos dependerá de nuestra capacidad para retomar la senda del crecimiento. América Latina está llena de constituciones que enumeran derechos que nunca se cumplen.

 

Como el apoyo popular a la nueva constitución se basa en premisas falsas, resulta políticamente irresponsable subirse al carro de los que proponen una nueva solo porque es un mensaje popular. En tanto la derecha no hable con una sola voz, rechazando el intento por impulsar un proceso constituyente, la Nueva Mayoría seguirá en el control de la música de esta fiesta que alcanzará su clímax en las elecciones de 2017. Mientras parte de la derecha siga confundiendo el intento de la Nueva Mayoría por promover una Nueva Constitución con la inevitabilidad de un proceso constituyente, el campo de batalla en 2017 será favorable a la lógica refundacional. Si para ganar las próximas elecciones, la derecha acepta la premisa que Chile necesita una nueva constitución —y no solo reformar la actual— esa victoria tendrá el amargo sabor a derrota.