Inicio de temporada de protestas

Patricio Navia

El Líbero, marzo 22, 2016

 

El paro nacional convocado por la CUT para este martes 22 de marzo da inicio a la temporada de marchas y protestas que se extenderá hasta el fin del invierno. Como la economía está frenada, el gobierno es incapaz de decidir cuál es su hoja de ruta y los miembros de la coalición gobernante solo piensan en las municipales de 2016 y presidenciales de 2017, las marchas tendrán poca efectividad en avanzar la agenda de la igualdad.

 

En esta temporada, las marchas serán menos numerosas que en años anteriores. Este año estaremos lejos del récord de precipitaciones de personas en la Alameda alcanzado en 2011. Pero los residentes de Santiago igual deberán estar preparados para encontrarse aleatoriamente con distintas manifestaciones en el centro cívico en los próximos meses. Las promesas incumplidas de este gobierno —sumadas a las promesas cumplidas con letra chica en gobiernos anteriores— alimentarán el descontento de distintos sectores que quieren una tajada más grande de una torta que crece mucho más lento que las expectativas de los comensales que quieren entrar a la fiesta. Si en la campaña electoral de 2013 la Presidenta Bachelet habló de “reformas y no reformitas”, la realidad económica y política de hoy ha obligado a La Moneda a contentarse con reformitas y ha forzado al Congreso a llenar de letra chica los proyectos de ley que el gobierno ha enviado para cumplir los compromisos adquiridos por Bachelet cuando era candidata.

 

El debate sobre qué significa “adecuaciones necesarias” en la reforma laboral que busca fortalecer a los sindicatos promoviendo, entre otras cosas, el fin de los remplazos en caso de huelga legal, subraya la ambigüedad en la que se ha estancado un gobierno que quiere dejar contento a sindicalistas y empresarios en una reforma que inevitablemente cambiará el equilibrio de poderes en el mundo laboral. Como Bachelet ha hablado de realismo sin renuncia, los ministros encargados de la negociación han debido balancear la promesa de empoderar a los sindicatos con la realidad de introducir ajustes que protejan a los trabajadores actualmente con contrato. Sea cual sea el resultado, la nueva ley inevitablemente hará más difícil la creación de empleos futuros (y por lo tanto golpeará a los desempleados, a los que quisieran entrar a la fuerza laboral activa y a los que aspiran a conseguir un mejor trabajo). Además, los duros números dejan claro que la mayoría de parlamentarios que la Nueva Mayoría logró en 2013 ya no existe. Como no hay votos para pasar la reforma laboral que impulsa La Moneda —y tampoco parece haber apoyo en Hacienda para la reforma que Bachelet quiere—, el gobierno ha optado por la ambigüedad para intentar dejar felices a todos. Al establecer que los remplazos en caso de huelga se podrán en circunstancias especiales —“adecuaciones necesarias”—, el gobierno ha decidido chutear la pelota para adelante, introduciendo un grado enorme de incertidumbre, para dejar que los tribunales decidan cuáles empresas podrán hacer remplazos en caso de huelga y cuáles no. Como la letra chica de la ley permitirá que los empleadores hagan contratos con amplio rango de tareas para sus trabajadores, las “adecuaciones necesarias” serán el resquicio legal que permitirá a los empleadores remplazar a los trabajadores en huelga a la vez que permitirá al gobierno jactarse de haber cumplido su promesa de eliminar dichos remplazos.

 

Igual que lo que pasó con la reforma tributaria —cuando el discurso contra los poderosos de siempre fue remplazado por la cocina en la que los poderosos de siempre terminaron forzando al gobierno a negociar—, la dinámica que ha rodeado la reforma laboral desnuda la gran debilidad del gobierno. Como un perro que ladra y no muerde, pero sí incomoda a todo el vecindario, el gobierno ha generado un ambiente de polarización que alimenta el descontento. Las expectativas excesivas que sigue alimentando La Moneda inducen a grupos de presión a tratar de llevar más agua a sus molinos sin entender que el río cada vez trae menos agua.

 

Como el gobierno ya está en su segunda mitad y se acercan apresuradamente las elecciones municipales, crece la presión oficialista por aumentar el gasto. Pero la mala situación económica obliga a ajustarse el cinturón. Incapaz de asumir la nueva realidad —y angustiada por evitar ser arrinconada por la temporada de protestas que hoy se inicia—, la Moneda no se atreve a reconocer que la economía del país está estancada y sigue alimentando la ilusión de que podrá cumplir sus promesas de ampliar el gasto social.  Esta discrepancia entre lo que el gobierno quisiera hacer —y sigue prometiendo que hará— y la realidad mucho menos auspiciosa alimentará el descontento y la frustración ciudadana. Pero como la mayoría de los chilenos percibe que se viene un temporal, optarán por quedarse en casa y no sumarse a esa vociferante minoría que saldrá a marchar demando una mejor distribución de una torta que ya se acabó hacer rato.