Trump, el que dice la firme

Patricio Navia

El Líbero, marzo 4, 2016

 

La enorme fortaleza de Donald Trump como candidato presidencial es que los estadounidenses creen que el magnate inmobiliario dice las cosas tal como son. Porque cuenta la firme, Trump ha logrado que muchos, haciendo caso omiso a su inusual forma de decir las cosas que ha ofendido e insultado a una multiplicidad de minorías, hayan decidido confiarle su voto para que él dirija los destinos del país por los próximos cuatro años.

 

Aunque todavía no ha logrado amarrar la nominación presidencial del Partido Republicano, y —en caso de hacerlo— los obstáculos que deberá enfrentar para llegar a la Casa Blanca son enormes, Donald Trump se ha consolidado como el candidato más importante en esta temporada de elecciones en Estados Unidos. Sea quien sea el próximo presidente, la contienda cada día parece más destinada a convertirse en un referéndum sobre Donald Trump.

 

Si bien las propuestas de Trump son vagas y sus explicaciones sobre cómo planea cumplir sus ambiciosas promesas a menudo no cuadran, ha logrado posicionarse como un hombre que la gente ve como polémico pero sincero. A diferencia de los políticos profesionales que cuidadosamente miden sus palabras para evitar ser tildados de ofensivos o insensibles, Trump usa la ofensa como evidencia incontrarrestable de que él siempre dice las cosas tal como son. Por eso, el éxito que ha tenido en las primarias republicanas se explica en buena medida porque la gente cree que él dice lo que piensa (aunque muchas veces no piense lo que dice).

 

Las lecciones que se pueden aprender de las experiencias electorales en otros países son siempre limitadas. Las dinámicas políticas cambian de país en país. La forma de hacer campañas, y las reglas que las rigen, inducen a comportamientos distintos en cada electorado. La opinión pública tiene también preferencias diferentes. Por ejemplo, mientras en Estados Unidos los electores tienden a desconfiar del Estado, los votantes chilenos dicen confiar más en el Estado que en los privados (aunque en la cotidianidad escojan proveedores privados en lugar de servicios públicos). Si en Estados Unidos la gente admira a los que son capaces de generar riqueza, en Chile el lucro se ha convertido en una palabra sucia.

 

Pero ante la creciente desconfianza que tienen los votantes hacia los miembros de la clase política en muchos países, la capacidad de un candidato de generar credibilidad se convierte en un atributo altamente deseado en cualquier democracia. Porque la gente en general duda de lo que dicen los políticos, cuando aparece un político que logra altos niveles de credibilidad, todos los que aspiran a ser candidatos debieran mirar cuidadosamente qué hace ese político para lograr que la gente le crea.

 

Trump no ha tenido temor de decir cosas políticamente incorrectas (muchas de ellas ofensivas y otras abiertamente falsas) y de cuestionar el comportamiento de vacas sagradas de su sector. Por ejemplo, criticó duramente al ex Presidente Bush por la guerra en Irak, recordando que no había ninguna razón para asociar al régimen de Sadam Hussein con los ataques del 11 de septiembre —y que nunca hubo armas de destrucción masiva en Irak—. Pese a sus críticas al último presidente republicano, ha logrado consolidarse como el líder más votado de ese partido. Precisamente porque no se frena en cuestionar a los poderes fácticos de su sector, el multimillonario Trump es visto por muchos como un hombre cercano al americano medio que entiende sus problemas y personifica sus sueños. Además, porque no busca ocultar su polémico comportamiento personal pasado, es visto como un hombre transparente que no tiene nada que esconder.

 

Ahora que, en Chile, la campaña presidencial de 2017 ya se ha desatado y cada semana aparecen nuevos aspirantes que anuncian sus intenciones, resulta útil analizar las herramientas y los atributos que han hecho de Trump la gran sorpresa en el ciclo electoral estadounidense. En vez de negar sus intenciones, los aspirantes deben transparentar sus deseos de ser presidentes. En vez de querer decir sólo cosas políticamente correcta, los candidatos no deben tener miedo a discrepar y plantear sus posiciones, aunque estas sean impopulares.

 

Así como el electorado estadounidense está premiando a Trump por su sinceridad y franqueza, los electores chilenos sólo comenzarán a recuperar su confianza en la clase política cuando se encuentren con un candidato que diga las cosas tal como son —o que al menos las diga tal como él las ve—. Si bien este paladín de la franqueza debiera evitar ahuyentar votantes con frases ofensivas y propuestas irresponsables —al menos si quiere evitar ganarse tantos adversarios como los que se ha granjeado hasta ahora Trump—, la práctica de contar la firme le traerá tantos dividendos en Chile como los que ha cosechado el candidato sorpresa en Estados Unidos.