Daniel Matamala y el peso del dinero en la política chilena

Patricio Navia

El Líbero, Febrero 23, 2016

 

Con muy buena pluma, muchos datos y cuidadosas explicaciones, Daniel Matamala repasa, en las 355 páginas de “Poderoso Caballero. El Pe$o del dinero en la política chilena”, la compleja relación que existe en nuestro país entre las empresas y sus intereses y la clase política que necesita de recursos para poder financiar sus campañas. Lamentablemente, este libro livianamente sugiere que, dada la opaca relación que existe entre el dinero y la política, la democracia chilena está enferma. Es más, Matamala concluye con una prédica voluntarista que desconoce la realidad de cómo funcionan las democracias en el mundo —“hay que cerrar las puertas al poder del dinero en la política”—.

 

El texto de Matamala tiene grandes fortalezas y realiza importantes contribuciones. Al destacar las falencias del sistema regulatorio chileno, desnuda la opacidad que ha reinado en las relaciones entre las empresas que financian campañas —y presumiblemente también la política en general— y los políticos que deben legislar en temas sensibles para esas empresas. Matamala abre la ventana de esos cuartos secretos para que la sociedad chilena pueda entender cómo el dinero compra acceso, favores y voluntades. Los ejemplos que usa el periodista de CNN y magíster de la Universidad de Columbia van más allá de los casos que han dominado la agenda desde fines de 2014 —Penta, SQM, Corpesca y Caval—.

 

Ya que el texto se centra en mostrar todo lo que no funciona bien, el lector se puede llevar la impresión de que las cosas están hoy peor que antes. Pero la misma evidencia que presenta Matamala deja claro que no es el que el poder del dinero en la política haya aumentado en los últimos años. Las reformas que se han introducido a favor de la transparencia y mayor independencia de poderes, y una prensa más inquisitiva han ayudado a desnudar prácticas que antes eran desconocidas para la mayoría (y se consideraban comunes en la élite) y que ahora están reñidas con las expectativas más exigentes que tiene la sociedad.

 

En Poderoso caballero, Matamala también da ejemplos de cómo funcionan el lobbying y los grupos de presión. Ya que una de las obligaciones del gobierno es establecer marcos regulatorios para una serie de actividades, las empresas y los intereses involucrados buscan influir en los tomadores de decisiones para que los marcos regulatorios les resulten más favorables. De la misma forma que un dueño de auto nuevo quisiera que solo los autos viejos tuvieran que ser sometidos a revisión técnica y, cuando le toca la revisión, prefiere hacerla en un lugar menos exigente, los intereses económicos también quieren influir en el marco regulatorio que se les aplicará y en la forma en que éste se aplique.

 

Aquí es donde Matamala deja de lado el análisis para subirse al púlpito voluntarista. Pese a que es evidente que Matamala estudió cómo funciona el sistema de financiamiento de la política en otros países y conoce bien que en todas partes las empresas y grupos de interés ejercen presión para lograr marcos regulatorios que les resulten más favorables, el autor sugiere que la solución para Chile debiera ser cerrar la puerta al poder del dinero en la política. Es verdad que en otros pasajes del libro, Matamala plantea que la solución debe ser la transparencia. Pero cuando el autor cae en la prédica de plantear que se puede hacer política sin aceptar la realidad de que todos quieren influir para que la toma de decisiones les resulte favorable, el libro pierde la oportunidad de plantear soluciones razonables que permitan regular y transparentar mejor la forma en que el dinero está ejerciendo influencia. Es irrealista pensar que nadie va a querer influir en las decisiones del gobierno. Cuando un gobierno promete gratuidad, todos los involucrados —alumnos, profesores, instituciones educativas, bancos, empleadores y todos los otros interesados que ven sus propias prioridades dejadas de lado— van a querer que la arquitectura de la gratuidad se dibuje de una forma que les resulte más favorable.

 

En todas las democracias del mundo, el dinero juega un rol clave en las campañas y en la política. Cada vez que el gobierno decide modificar una política pública, los grupos de interés buscan influir en el nuevo diseño institucional. Prohibir la influencia del dinero en la política no va a terminar con los incentivos para que los grupos de interés quieran influir. En cambio, cuando aceptamos la realidad de que todos quieren influir, podemos diseñar reglas que emparejen la cancha, aumenten la transparencia y permitan que la cocina donde se negocian las políticas y las reformas esté sujeta al escrutinio público. De hecho, si queremos “abrir las ventanas de par en par a la competencia, la participación y la transparencia”, deberemos hacerlo regulando —no prohibiendo— la forma en que dinero y todas las otras herramientas de presión que existen en la sociedad intentar influir en el diseño de las reformas.