Consiguiendo una entrada a la cocina política

Patricio Navia

El Líbero, febrero 6, 2016

 

La filtración del intercambio de correos electrónicos entre el líder UDI Pablo Longueira y el ex gerente general de SQM Patricio Contesse demuestran lo importante que resulta tener acceso a la información sobre lo que pasa en la cocina política donde se negocian los acuerdos más importantes para el país. Ya que tanto Longueira —que en 2014 no era senador ni ejercía cargo público— como Contesse no tenían un rol formal en la negociación de la reforma tributaria, su capacidad de saber cómo se zanjaría la, ahora deslegitimada, reforma tributaria refleja las falencias de la regulación sobre el lobby y la gestión de intereses que existe en nuestro país. Si bien el escándalo ha puesto a Longueira y Contesse en la vitrina de las críticas y cuestionamientos, es razonable suponer que hubo otros invitados a la cocina cuyo rol pasó inadvertido para la opinión pública. Después de todo, cuando las negociaciones se hacen en las cocinas secretas de la élite y no dentro de la institucionalidad vigente, es inevitable que el dueño de casa decida quién puede entrar a ver qué se está cocinando o participar del proceso.

 

Entre las muchas aristas del escándalo sobre el financiamiento irregular de la política y sus consecuencias, resulta curiosa la forma en que se producen las filtraciones de las investigaciones de la fiscalía. Dada la enorme cantidad de material que ha producido este escándalo, la forma en que se han ido haciendo públicos distintos elementos de la investigación alimenta sospechas sobre posibles agendas ocultas que hacen que el foco del interés periodístico vaya centrándose en distintos actores. Después de todo, los correos que acaban de hacerse públicos estaban en manos de la fiscalía hacía varios meses. Además de las dudas fundadas sobre las razones por las que información presumiblemente reservada del proceso aparece en la prensa, el momento en que se filtra esa información genera dudas sobre el lobbying que se ejerce sobre los fiscales encargados de la investigación.

 

Con todo, la cordial y cercana relación entre el ex senador, ex ministro y ex candidato presidencial UDI y el gerente general de SQM confirman las sospechas de la opinión pública que las donaciones a la actividad política que realizan las empresas les permite acceso privilegiado a los actores que toman decisiones que afectan a todo el país. Aunque él no ejercía ningún cargo de elección popular ni representaba formal y públicamente a ningún partido en la negociación de la reforma tributaria, Longueira tenía un acceso privilegiado a la cocina en la que se negociaba la reforma tributaria. El ex candidato presidencial optó por compartir esa información privilegiada con SQM. Si bien no hay nada ilegal en compartir información privilegiada entre dos privados —es más, es razonable que alguien que no posee ningún cargo ni está obligado a mantener ningún secreto quiera compartir ese tipo de datos con sus amigos—, el hecho que Longueira tuviera ese acceso privilegiado permite presumir que también había otras personas —tanto de la oposición como del gobierno— que tenían similar acceso a los detalles del acuerdo que se estaba negociando. Así como Longueira compartió su información privilegiada con Contesse, otros pudieron hacer lo mismo con sus propios amigos o colaboradores.

 

¿Dónde está entonces la causa del revuelo que ha producido la publicación del contenido de estos correos? El problema está en que el acuerdo tributario se negoció en secreto, por fuera de las instancias que existen en la constitución para forjar acuerdos y llevar a cabo negociaciones. En vez de negociar en el Congreso, el gobierno y la oposición decidieron utilizar una “cocina” cuyo acceso era controlado por poderes fácticos de todos los sectores involucrados en la negociación. Tanto el gobierno de la Nueva Mayoría como los líderes del poder legislativo decidieron que la mejor forma de abordar un problema propio e inevitable de la democracia —la construcción de acuerdos políticos que permitieran destrabar una iniciativa legislativa— era haciéndolo a espaldas de la ciudadanía.

 

Para un gobierno que ha convertido la participación ciudadana en un fetiche y la transparencia en su bandera de lucha favorita, la forma en que se llevó a cabo la negociación para la reforma tributaria debiera constituir una razón para sentirse avergonzado. Para los simpatizantes de la Nueva Mayoría, la decisión de usar una cocina en vez de la institucionalidad existente debiera ser una causa de decepción. Para el resto, el hecho que uno de los invitados a la cocina haya decidido compartir su información privilegiada con uno de sus financistas no es sino el resultado inevitable de que, cuando se abandonan los canales institucionales, se crea un mercado negro de información que otorga poder e influencia a esos pocos privilegiados que tienen acceso a la cocina donde se toman las decisiones.