La retroexcavadora venezolana

Patricio Navia

El Líbero, diciembre 8, 2015

 

La aplastante victoria de la oposición venezolana en la contienda del domingo recién hará que muchos de sus líderes quieran usar la retroexcavadora para destruir el orden institucional que se ha construido desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999. Pero el pueblo venezolano quiere líderes que solucionen los problemas actuales y no vengadores que aspiren a revivir peleas pasadas. Por su propio bien, y por el futuro de Venezuela, la victoriosa oposición debiera aprender del caso chileno y llegar a la Asamblea Nacional con ladrillos y cemento más que con retroexcavadoras.

 

La incuestionable victoria de la oposición venezolana tuvo un sabor especialmente dulce para todos aquellos que dudaban de la voluntad del gobierno del Presidente Nicolás Maduro de reconocer una derrota electoral. Después de todo, durante la campaña, el oficialismo había ayudado a alimentar rumores de que no aceptaría una derrota. Para la oposición, participar en la elección también implicaba un enorme riesgo. Las reglas del juego estaban claramente cargadas a favor del oficialismo. La Mesa de Unidad Democrática (MUD) tenía el viento, el árbitro y la pendiente de la cancha en contra. No bastaba con que hubiera una mayoría de los venezolanos descontentos con la ineptitud del gobierno y con los agobiantes problemas económicos por los que atraviesa el país. Esa mayoría que hoy rechaza al gobierno debía creer que el proceso era lo suficiente limpio como para que su voto de protesta valiera de verdad. Por eso, cuando la partisana Rectora del Tribunal Supremo Electoral anunció los resultados favorables a la oposición, todos los simpatizantes de la democracia en Venezuela y América Latina respiraron aliviados.

 

El régimen de Maduro, que en innumerables ocasiones se había comportado de forma poco democrática, demostró una loable convicción democrática aceptando la voluntad popular. A cualquier demócrata le duele perder, pero lo que diferencia a un demócrata de un autoritario es que los verdaderos demócratas aceptan las derrotas. Maduro ha cometido muchos errores y equivocado el juicio en muchas ocasiones, pero cuando más importó, el Presidente de Venezuela hizo lo correcto y aceptó la voluntad del pueblo. Así como hay que denunciar las violaciones al debido proceso democrático, hay que celebrar cuando se respeta la voluntad popular.

 

Ahora, la oposición comprensiblemente celebra su victoria. Pero como toda victoria así de aplastante, hay riesgo de embriagarse con el triunfo y no entender la complejidad de la situación que se aproxima y los enormes obstáculos que hay en el camino. La economía venezolana está destruida. La gente está cansada y quiere soluciones rápidas. Pero no hay recetas milagrosas para sacar al país del hoyo en que se encuentra. Peor aún, hay legítimas demandas de sectores que quieren que se haga justicia por los abusos y excesos de poder cometidos por el régimen chavista. Hay presos políticos que deben ser liberados. Hay casos de corrupción que debieran ser investigados. Hay buenas razones para querer echar a andar la retroexcavadora.

 

Pero los gobiernos nunca pueden hacer todo lo que quieren. Cuando apenas controlan el poder legislativo y hay una institucionalidad férrea construida para concentrar poder en el Presidente, la oposición tiene muchas más ganas que herramientas para cambiar el rumbo del país. Si para hacer su victoriosa campaña, los líderes de la oposición venezolana se inspiraron en la oposición democrática de Chile en el plebiscito de 1988, ahora que llegarán al poder en el legislativo, la MUD deberá recordar también la forma cuidadosa en que el primer gobierno democrático de Patricio Aylwin comenzó a construir una democracia “en la medida de lo posible”. Después de todo, el éxito de la transición chilena no se debe sólo a que el pueblo votó contra Pinochet en 1988. La habilidad para sumar fuerzas entre los demócratas que querían avanzar en forma moderada y los simpatizantes de la dictadura que querían aceptar la derrota sin que eso significara ser atropellados por la retroexcavadora -la democracia de los acuerdos- fue lo que permitió que Chile tomara la senda del desarrollo que nos ha permitido convertirnos en la nación más desarrollada de América Latina.

 

Es verdad que en la algarabía de la victoria, muchos líderes de oposición querrán ser los primeros en echar a andar la retroexcavadora. También es cierto que en el oficialismo hay muchos que querrán dedicarse a bloquear cualquier intento de reforma que se haga cargo de la demanda popular por una nueva hoja de ruta -nunca faltan los exaltados que quieren incendiar la pradera o instalar el paredón-. Pero la aplastante victoria de la oposición venezolana sólo se convertirá en leyenda si la oposición entiende que los cambios, para ser exitosos y duraderos, deben hacerse construyendo consensos y avanzando con firmeza, pragmatismo y extremo cuidado. Después de todo, los países exitosos se construyen con ladrillos y cemento más que con retroexcavadoras.