Arreglar las coaliciones más que los partidos

Patricio Navia

El Líbero, octubre 13, 2015

 

La discusión sobre la necesidad de que los partidos reinscriban a sus militantes parte de la sospecha de que los padrones de los partidos tradicionales están inflados y que, para hacerse merecedores de financiamiento público, deberán comenzar su proceso de legalización desde cero. La propuesta, que emana de la Comisión Engel, desconoce un elemento básico de economía política de cualquier reforma. Es muy difícil quitarle a alguien lo que considera un derecho adquirido. Para lograr el objetivo, hay que introducir incentivos selectivos que hagan que los propios partidos vean más ventajas en sumarse al nuevo sistema que en mantener el viejo orden.

En vez de amenazar a los partidos, hubiera bastado con establecer que los partidos que pasen por el proceso de reinscripción recibirán dos veces el dinero que los partidos que opten por mantenerse en el viejo sistema. Al iniciar una confrontación con todos los partidos, la Comisión Engel (y el gobierno, si apoya la postura de la comisión) logra que todos los partidos se unan, comportándose como cartel. Lo obvio hubiera sido introducir incentivos que los dividan. Si el comportamiento de los partidos es parecido al de un cartel, corresponde introducir incentivos para hacer que se quiebre el cartel.

Lamentablemente, el foco que se ha puesto en la forma en que se estructuran los partidos parece ignorar que los actores clave en la evolución democrática reciente de Chile han sido las coaliciones. Desde el plebiscito de 1988, las dos grandes coaliciones —Concertación/Nueva Mayoría y Alianza (con todos los nombres que ha tenido)— han dotado al país de bancadas relativamente disciplinadas en el Congreso y bases de apoyo lo suficientemente amplias que han permitido que Presidentes que provienen de partidos minoritarios logren apoyos amplios para gobernar de forma eficiente y efectiva.

Chile es hoy lo que es no solo por sus partidos, sino porque han existido coaliciones que han dado gobernabilidad. La reforma debiera buscar fortalecer las coaliciones y hacerlas más transparentes, introduciendo rendición de cuentas y asociando el financiamiento estatal a que las coaliciones se mantengan unidas. Lo último que necesitamos como país es que las coaliciones se quiebren y que caigamos en un sistema donde nadie pueda constituir mayorías permanentes en el Congreso. Cuando los sistemas políticos se fragmentan, los presidentes se ven obligados a salir a comprar votos para avanzar sus agendas legislativas en un Congreso compuesto por bancadas pequeñas y legisladores tránsfugas.

Por otro lado, la idea de que la caída en la confianza se puede revertir fortaleciendo a los partidos y mejorando su rendición de cuentas no tiene sustento empírico. La caída en la confianza en las instituciones es un fenómeno internacional. En ningún país del mundo hay una tendencia a que los partidos se vayan fortaleciendo. A lo más, algunos logran evitar que la caída sea demasiado brusca. Luego, tal como ocurre con el envejecimiento, la clave no está en revertir la tendencia, sino que en hacerse cargo de la nueva realidad.

Difícilmente volveremos a tener partidos que conciten al apoyo mayoritario de los chilenos. De hecho, hay poca evidencia de que los partidos tuvieran niveles de identificación más altos que los de hoy en el Chile pre 1965, antes de que empezara la alta polarización. Y si la identificación partidista aumenta solo cuando hay alta polarización política, entonces la baja identificación partidista de hoy es una buena señal, no algo para alarmarse.

Los partidos son esenciales en la democracia. En la ausencia de partidos, emergen liderazgos personalistas y organizaciones políticas de corta vida. Si se les exige demasiado a los partidos, los caciques tendrán incentivos para hacerse independientes. Si, por el contrario, se facilita la consolidación de los partidos existentes —con barreras de entrada razonables para nuevas organizaciones— y se introducen incentivos positivos para que los partidos consoliden las coaliciones y eviten caminos propios, la institucionalidad política logrará adaptarse a la nueva realidad de partidos políticos con poca identificación popular que vean que su mejor interés está en mantenerse como parte de las grandes coaliciones.

Chile no necesita intentar volver a un pasado mítico en que los partidos supuestamente tenían profundas raigambres sociales. Más bien, necesitamos hacernos cargo de la nueva realidad y diseñar instituciones que, sin ignorar las dinámicas de representación política que ya se dan en Chile, fortalezcan a las coaliciones que crecientemente cumplen un rol tanto o más importante que el de los partidos políticos.