Si no hacen lo que yo digo, renuncio

Patricio Navia

El Líbero, octubre 9, 2015

 

La estrategia del ministro del Interior Jorge Burgos de amenazar con dejar su cargo si el Senado no ratifica a Enrique Rajevic, el candidato a contralor nominado por la Presidenta Bachelet, más que evidenciar la importancia que da el gobierno a esa confirmación, desnuda la debilidad de Burgos como jefe de gabinete. Un político con poder y con una agenda ambiciosa no pone su cargo en juego a menos que los dividendos políticos sean muy altos. Si el Senado rechaza a Rajevic, Burgos deberá renunciar o pagar los costos de quedar en ridículo. Si Rajevic es ratificado, Burgos habrá usado su bala de plata para alcanzar una victoria pírrica. Pase lo que pase, esta nominación confirma que Burgos ya no fue el premier que llegó a dotar de fuerza al gobierno de Bachelet.

 

La llegada de Burgos a Interior, en el mes de mayo, fue celebrada como un punto de quiebre para la crisis política por la que atravesaba el gobierno de Bachelet. Después de que el deficiente manejo de Rodrigo Peñailillo agravara la crisis del financiamiento irregular de campañas —y terminara con el propio Peñailillo involucrado en el escándalo—, la Presidenta Bachelet se vio obligada a realizar un cambio de gabinete, remplazando a su hijo político Peñailillo por el candidato privilegiado por los poderes fácticos de los partidos de la Nueva Mayoría, Jorge Burgos.

 

Como Peñailillo era cercano a Bachelet, mientras que Burgos representaba a la vieja Concertación que Bachelet había dado por muerta, el nombramiento de Burgos generó dudas en el mundo de la Nueva Mayoría y esperanzas en los nostálgicos de la Concertación. Las fuerzas refundadoras temían que Burgos llegara a frenar la agenda de profundas transformaciones que prometió Bachelet (“reformas, no reformitas”).  La vieja guardia concertacionista respiró aliviada, anticipando que Burgos supliría la carencia de muñeca política que había caracterizado a la administración de Bachelet.

 

A cinco meses de asumir, Burgos no ha sido capaz de imponer su sello. La falta de sintonía política con Bachelet ha hecho evidente que Burgos está fuera del círculo que toma las decisiones en el palacio. Las declaraciones de Burgos reconociendo una derrota en La Haya desafinaron frente al discurso oficialista de que en realidad la decisión en contra de Chile era una victoria oculta para nuestro país frente a la pretensión boliviana de lograr una salida soberana al mar.

 

Desde su lenguaje corporal, el tono desmotivado de sus declaraciones deja en claro que el ministro del Interior no lo está pasando bien en el cargo. Es cierto que nunca es fácil ser ministro del Interior. También es verdad que ser ministro del Interior de Bachelet es especialmente difícil. La Presidenta privilegia las relaciones personales a las políticas y confunde sus aspiraciones con las limitadas oportunidades que existen para avanzar su agenda. Es difícil ser el jefe político de un gobierno que cree que gobernar es cumplir las irreflexivas promesas del programa de gobierno. Pero se suponía que Burgos iba a llegar a moderar las promesas, a aterrizar las expectativas y a imponer la postura que hacer política implica negociar y hacer concesiones —no solo ‘explicar mejor’, como repetidas veces la Presidenta ha atribuido la causa de la caída en el apoyo a su gobierno—.

 

Después de varios meses sin contralor, el gobierno de Bachelet optó por nombrar a un simpatizante del oficialismo que además es funcionario de confianza del gobierno. Sin haber consultado —ni mucho menos negociado— previamente con sus aliados en el Senado, el gobierno creyó que los legisladores oficialistas se sentirían obligados a cuadrarse detrás de la decisión de la Presidenta. Pero la disciplina partidista desaparece cuando los presidentes son impopulares. Es difícil decirle que no a una Presidente con 80% de aprobación. Pero cuando la Presidenta alcanza menos del 30%, es difícil encontrar legisladores que quieran aparecer al lado de la Mandataria.

 

Con todo, una derrota para el gobierno sería costosa para toda la Nueva Mayoría. De ahí que hay buenas razones para que el gobierno haya retrasado la votación de confirmación de Rajevic. La Moneda debe hacer todos los esfuerzos posibles para lograr que su nominado se convierta en el próximo contralor. En vez de amenazar, Burgos debiera dedicarse a seducir. Es más, la propia Presidenta debería involucrarse, para convencer a los díscolos senadores de izquierda que se resisten a apoyar a Rajevic. Bachelet puede ser impopular, pero un senador socialista debiera sentir el peso de lo doloroso que es brindarle una derrota a su compañera Presidenta.

 

Con todo, una vez más, La Moneda ha demostrado su poca habilidad política y su falta de oficio para llevar adelante las tareas propias de un gobierno. En un país descontento con su clase política, cuando un ministro advierte que se irá si no hacen lo que él quiere, habrá una tentación grande a abrirle la puerta para que salga.