Impúdicos

Patricio Navia
El Líbero, octubre 6, 2015

 

Después de haber estado bajo cuestionamiento debido a las revelaciones sobre financiamiento ilegal de campañas, la clase política chilena parece haber perdido el pudor. Ya que el electorado tiene la convicción de que todos los partidos están involucrados en algún tipo de irregularidad, los políticos están haciendo la pérdida y aceptando que su comportamiento siempre será causa de sospecha. Por ello, como lo ejemplificó a la perfección el senador Jorge Pizarro en su defensa de por qué se fue al mundial de rugby después del terremoto, muchos políticos se comportan con la despreocupación del condenado que sabe que una falta más no agravará la categórica sentencia que ya existe en su contra.

 

Después de haber experimentado por años un gradual declive en su valoración positiva, los escándalos Caval, Penta y SQM han constituido un golpe de gracia que dejará a la clase política en una posición de permanente cuestionamiento por parte de una opinión pública que ya no espera que sus líderes políticos sean virtuosos.

 

Es saludable que la sociedad sepa que ganar una elección popular no otorga superioridad moral ni es garantía de probidad. Cuando la gente sabe que los políticos están sometidos a las mismas tentaciones que todos, la democracia se inocula de la irrupción de mesías refundadores que prometen soluciones milagrosas. No hay mejor remedio contra el populismo y el autoritarismo personalista que la convicción generalizada de que los políticos son tan imperfectos como el resto de los ciudadanos y que, por lo tanto, es mejor institucionalizar trabas y limitaciones al poder discrecional. La confianza excesiva depositada en la capacidad de una persona para cambiarlo todo —como lo que pasó con Bachelet en 2013— desaparece cuando la gente cree que todos los políticos son susceptibles a privilegiar sus intereses personales por sobre la búsqueda del bien común. Por eso, aunque la democracia chilena sea ahora más triste y tenga menos candidatos a santos, es también más resistente al populismo que históricamente ha amenazado a América Latina.

 

Esta nueva realidad —que la gente espera poco de sus políticos— no está exenta de problemas. Como participantes en un reality de televisión que, al poco andar, pierden la vergüenza y se comportan como si nadie estuviera mirando, los políticos chilenos han perdido el pudor. Las respuestas y explicaciones que ha dado el senador Pizarro a las críticas recibidas por haber viajado al mundial de rugby días después de que un terremoto golpeara duramente a la región que él representa reflejan esa pérdida de pudor. Pizarro ha dicho que su viaje no fue a un concierto musical, sino a algo mucho más importante. Pudiera ser que para Pizarro, el rugby sea menos frívolo que un concierto, pero es inaceptable plantear que los hobbies son más importantes que las obligaciones profesionales. Un futbolista fanático de los automóviles no se puede ausentar de la liga de su país sólo porque tiene un hobby. Un profesor no se puede ausentar de sus clases para asistir a un evento deportivo alegando que es su pasión. El trabajo de Pizarro no consiste sólo en legislar. También debe acompañar a sus representados cuando pasan por un mal momento. Como presidente del PDC, Pizarro también representa al partido más importante del oficialismo. Su ausencia del país, cuando muchos camaradas sufrían, no puede ser entendida como otra cosa que una frivolidad.

 

Felizmente, hay soluciones de diseño institucional que ayudan a evitar que políticos no virtuosos cometan desatinos. Los referendos revocatorios para senadores a mitad de sus períodos de ocho años harían que ellos piensen mejor antes de privilegiar sus hobbies por sobre lo que importa a sus electores. Como Pizarro tendrá que enfrentar a sus votantes recién en 2021, le importa poco ofenderlos. Si en cambio existiera la posibilidad de un referendo revocatorio en 2017, Pizarro lo pensaría dos veces antes de irse de vacaciones después de un terremoto.

 

Limitar la reelección de los legisladores, en cambio, solo incentivará más comportamientos como el de Pizarro. Los legisladores en su último periodo no tendrán para qué preocuparse de lo que piensen sus electores. Además de irse a pasear por el mundo, esos legisladores en su último periodo se dedicarán a usar sus cargos para buscar su siguiente trabajo. Dejar contentos a futuros empleadores será más importante que satisfacer las necesidades de sus distritos.

 

Por más rechazo que produzca, la actitud de Pizarro también constituye evidencia de la maduración de la democracia chilena. Los chilenos saben que sus legisladores no son virtuosos. Ya nadie deposita en los políticos el tipo de fe ciega que alimenta el populismo. Los políticos no pueden atribuirse superioridad moral por haberse opuesto a la dictadura o por una supuesta vocación de servicio público. Ahora que sabemos que vivimos en un reino de impudicia, en vez de lamentarnos, corresponde diseñar instituciones que establezcan mecanismos de control e incentivos para que los impúdicos trabajen por el bien de sus electores.