Sacándole el cuerpo al bulto

Patricio Navia

El Líbero, octubre 2, 2015

 

En su discurso ante la Nación para anunciar el envío de la ley de presupuesto, la Presidenta Bachelet se negó a especificar cómo se materializará su promesa de educación superior gratuita. Además, en vez de reconocer la verdadera magnitud del aumento en el gasto público, Bachelet prefirió cambiar el punto de comparación para hacer creer a los chilenos que el gasto aumentará menos de lo que realmente crecerá. Creyendo que nadie se daría cuenta, o solo buscando ganar unas cuantas horas antes de que se hiciera pública la artimaña estadística, Bachelet tomó una decisión que debilita nuestra institucionalidad y alimenta cuestionamientos sobre la inclinación de su gobierno a manipular datos.

 

Después de que inicialmente declaró estar en contra de la gratuidad cuando recién volvió a Chile en 2013, la promesa de gratuidad en la educación superior se convirtió en un elemento central de la campaña de Bachelet. Las fotos de la Presidenta con los líderes del movimiento estudiantil de 2011 y su obsesión por sepultar a la vieja Concertación para fundar la Nueva Mayoría dotaron de una centralidad política incuestionable al compromiso de Bachelet con la gratuidad universal en educación superior. La Presidenta repitió hasta el cansancio que en su gobierno se iniciaría la gratuidad. Pero la firmeza del compromiso con ese objetivo no fue acompañado por suficientes detalles sobre cómo lograr materializarla. El equipo de Bachelet redujo la capacidad de cumplir con esa promesa a una ambiciosa reforma tributaria. Aunque los expertos advirtieron que la reforma no iba a alcanzar para financiar la educación superior —y no costaba mucho anticipar los problemas de regulación y control de costos que implicaba prometer gratuidad universal sin letra chica—, Bachelet se aferró a la promesa de que en su gobierno, Chile se convertiría en un paraíso de la educación superior gratuita.

 

Después de asumir el poder, Bachelet dobló la apuesta, comprometiéndose con el inicio de la gratuidad para marzo de 2016. La justificación política para la (ahora desprestigiada y cuestionada) reforma tributaria de 2014 fue precisamente que había que financiar la reforma educacional y la gratuidad universitaria.

 

Pero la determinación de Bachelet de avanzar hacia la gratuidad no tuvo una contraparte técnica que fuera despejando las dudas, los cuestionamientos y los desafíos de incentivos perversos y conflictos de intereses que implicaba el diseño de una política pública así de ambiciosa. En los 18 meses que lleva el gobierno, Bachelet nunca demostró un compromiso real con diseñar una estructura que pudiera especificar cuánto costaría la gratuidad, quiénes se beneficiarían, cómo se controlarían los costos y cuál sería el marco regulatorio. La educación gratuita se convirtió en una promesa voluntarista, nunca devino en una propuesta de política pública. El gobierno de Bachelet decidió que la gratuidad en educación se saltaría la etapa de diseño e iría directamente a una improvisada implementación.

 

Por eso, cuando la Presidenta anunció el miércoles de noche el presupuesto para 2016, el compromiso con la gratuidad reflejó sólo voluntarismo pero obvió las especificaciones que permitan imaginar cómo Bachelet pretende cumplir esa promesa. En su discurso, Bachelet reiteró su compromiso con construir esa nueva casa, pero fue incapaz de mostrar los planos. Por eso, resultan razonables los cuestionamientos sobre qué tan conveniente resulta comenzar la demolición de la casa actual si no tenemos certeza de que existe un plan razonable para construir una nueva casa.

 

Ahora bien, la Presidenta optó por echar manos a la contabilidad creativa para justificar el mayor gasto fiscal en 2016 —tomando como punto de comparación al gasto efectivo de 2015 y no al gasto establecido en la ley de presupuesto del año anterior—. Ese ejercicio de contabilidad creativa permite al gobierno argumentar que el crecimiento del gasto es de 4,4%. De haber usado el punto de comparación que tradicionalmente se usa —el gasto establecido en el presupuesto del año anterior—, el aumento del gasto estaría por sobre el 6%, una cifra sustancialmente superior al crecimiento económico que se espera para 2016. Así, el Estado volverá a crecer a un ritmo sustancialmente superior al que experimente la economía del país.

 

Este subterfugio, usado por la Presidenta, para maquillar el aumento del gasto público y hacerlo parecer menos sustancioso, alimenta sospechas sobre la conspicua ausencia de detalles en el anuncio sobre la gratuidad en educación superior. La promesa de gratuidad es tan carente de especificaciones y detalles que parece ser un nuevo incumplimiento en la ya creciente lista de excesivas y ambiciosas, pero también irrealizables, promesas de campaña de Bachelet.