Como una madre culposa

Patricio Navia

El Líbero, septiembre 29, 2015

 

La forma en que Michelle Bachelet ha incumplido promesas clave de campaña y su insistencia en seguir comprometiéndose con ellas recuerdan los esfuerzos de padres culposos que creen que con promesas excesivas van a corregir deudas e incumplimientos pasados. Precisamente cuando las circunstancias obligan a sinceramientos y dan una oportunidad para bajar las expectativas, la Presidenta Bachelet ha doblado su apuesta asegurando que en tres semanas anunciará el mecanismo a través del cual buscará cumplir su promesa de una nueva constitución.

 

Bachelet a menudo recuerda que la sociedad chilena está decepcionada de su clase política. Pero al insistir en que estamos ante un problema sistemático, Bachelet evita reconocer que una parte importante del problema de credibilidad de la clase política tiene que ver con la serie de compromisos que ella realizó como candidata e incumplió como Presidenta.

 

En la campaña de 2005, Bachelet se comprometió a nombrar un gabinete paritario. Como Presidenta, abandonó ese compromiso en su primer cambio de gabinete. Después, aunque ha seguido hablando de mejorar la presencia de mujeres en cargos de gobierno, la Presidenta nunca más volvió a cumplir su compromiso original con la paridad de género. Como candidata, Bachelet dijo que en su gobierno intentaría que nadie se repitiera el plato. Ocho años después, ella misma se repitió el plato. Las promesas incumplidas de Bachelet se multiplican cuando contrastamos los compromisos de sus programas de gobierno y los cambios que ella efectivamente realizó, o intentó realizar, como Presidenta. Cuando la persona que más tiempo ha estado al mando del país se refiere a la crisis de desconfianza, es necesario partir y terminar con un mea culpa.

 

Ahora bien, en la política siempre hay imprevistos que dificultan el cumplimiento de las promesas. La cambiante situación internacional puede repercutir positivamente en los equilibrios fiscales —como en el primer periodo de Bachelet— o limitar el margen de acción de un gobierno (como ocurre ahora). Por eso, los políticos nunca debieran ser taxativos en sus promesas de campaña. Los compromisos deben ser horizontes y los líderes deben hablar más sobre metas que sobre plazos.

 

Como candidata en 2013, Bachelet se obsesionó con plazos y detalles específicos sobre las reformas que emprendería. A sabiendas de que era la gran favorita, no se midió en las promesas que hizo y los compromisos que adquirió. Pese a que analistas independientes advirtieron que los números no cuadraban, anunció que avanzaría decididamente hacia la gratuidad universal en la educación superior. Ya en el poder, Bachelet adelantó su compromiso, fijando el inicio de la gratuidad para marzo de 2016.

 

En materia constitucional, aunque nunca especificó el mecanismo para promover la promulgación de una nueva constitución, la Mandataria repetidamente se comprometió a que en su gobierno tendríamos una nueva carta fundamental. Como Presidenta, insistió en impulsar la nueva constitución, pese a saber que no contaba con los votos en el Congreso. Es más, en su discurso a la nación en el mes de abril, para anunciar la agenda de probidad, Bachelet desvió la atención al comprometerse a que el proceso constituyente comenzaría en el mes de septiembre. Ahora que se acaba el mes sin que Bachelet haya especificado cómo espera cumplir su promesa, la Presidenta aprovechó un viaje a Nueva York para anunciar que en 15 días o tres semanas anunciaría el mecanismo a través del cual su gobierno impulsará una nueva constitución.

 

Como el mercado ya está acostumbrado a que Bachelet prometa cosas que no va a cumplir, el anuncio no generó mayor ruido en la clase política. En cualquier país en que un Presidente con credibilidad anuncia que el proceso constituyente será especificado en tres semanas, el debate sobre la nueva constitución se toma la agenda pública. Pero en Chile, donde los actores políticos ya saben que la Presidenta promete cosas que no va a poder cumplir (y que tal vez ni siquiera quiera cumplir), el anuncio pasó prácticamente desapercibido. Después de todo, este gobierno ha incumplido tantas promesas que la verdadera noticia sería que Bachelet esta vez sí cumpla su palabra y anuncie un proceso constituyente contundente y factible para que el país tenga una nueva constitución antes de que termine este periodo presidencial.

 

Pero aunque los anuncios nunca se materialicen, el ir prometiendo por la vida cuestiones que no se van a cumplir debilita a las instituciones y alimenta la creciente sospecha de que los políticos son todos unos mentirosos. En el caso de Bachelet, estas promesas excesivas e incumplibles probablemente reflejen tanto su frustración por no saber liderar el proceso de cambio para el que fue electa como la sensación de culpa por haber generado expectativas de transformaciones que estarán lejos de materializarse durante su gobierno.