El último en salir apaga la luz

Patricio Navia

El Líbero, agosto 28, 2015

 

El ánimo en el oficialismo está tan decaído que muchos ya están contando los días que faltan para la próxima elección presidencial. Los errores no forzados y las descoordinaciones se han multiplicado en un gobierno que además de carecer de hoja de ruta y de un norte, tampoco parece tener un capitán a bordo.  Como es perfectamente razonable y legítimo que profesionales ambiciosos y preocupados de su carrera política futura se desmotiven al sentir que sus esfuerzos son inútiles, en los próximos meses debiéramos ver un empeoramiento en la calidad del capital humano en el gobierno de Bachelet. Como el gobierno ya no genera la mística refundacional —y nunca tuvo una mística reformista gradual—, muchos funcionarios que aspiraban a dejar huella comenzarán a buscar nuevos rumbos. En cambio, aquellos que solo aspiran a mantener sus sueldos fiscales seguirán lealmente, hasta el último día, tocando al inconexo e incoherente ritmo que ha caracterizado a la orquesta gubernamental en estos últimos meses.

 

En las últimas semanas, la seguidilla de tropiezos del oficialismo ha sumado momentos inverosímiles. La obcecación de la Presidenta Bachelet por no aceptar que en La Araucanía también hay un problema de seguridad para los transportistas entregó una popular bandera de lucha a la oposición. Si Bachelet hubiera ido a la región, podría haber evitado que esa bomba le terminara de explotar en el palacio de gobierno.

 

Para un gobierno que ha convertido a los movimientos sociales en un fetiche y que ha elevado las marchas callejeras al nivel de incontrovertible voluntad popular, la férrea oposición de La Moneda a permitir que los camioneros afectados por la violencia en La Araucanía marchen frente al palacio presidencial es difícil de justificar. Si las marchas son legítimas y los movimientos sociales sagrados, entonces los camioneros —que son también un movimiento social, aunque de color distinto al del gobierno— tienen todo el derecho a manifestarse. Si en cambio el gobierno entendiera a las marchas como el derecho legítimo de los grupos de interés a ejercer presión, entonces podría justificar su rechazo a permitir la marcha de los camioneros. Pero ahí, otros grupos de interés —como los estudiantes, movimientos indígenas o minorías sexuales— también perderían la condición de voceros de la voluntad popular que la Nueva Mayoría les ha otorgado.

 

Los errores del gobierno no terminan ahí. La nueva vuelta de carnero respecto a la forma en que empezará a aplicar la gratuidad en 2016 obligó a que se retirara un borrador de la página web del Ministerio de Educación. Con todo, ahora sabemos que la gratuidad se iniciará con una glosa presupuestaria y no con una nueva ley. Para ser la más emblemática de las promesas de campaña de Bachelet, la forma en que el gobierno quiere introducir la gratuidad al sistema de educación superior es, por decir lo menos, poco elegante. Igual que alguien que anuncia que se comprará una casa, pero antes de firmar los papeles empieza a meter los muebles por la ventana, el gobierno demostró una nula preparación para hacerse cargo de las ambiciosas promesas que realizó en campaña. Con tanto operador pagado por la empresa de papel montada por el grupo cercano a Bachelet (naturalmente sin que la Presidenta tuviera idea), se esperaría que al menos ese grupo de tecnócratas de autodefinidas incuestionables credenciales hubiera producido un proyecto de ley razonable para implementar la promesa de gratuidad en educación superior. Peor aún, ya que llevamos 17 meses de gobierno, la lentitud con la que la administración ha avanzado en diseñar una hoja de ruta para cumplir su promesa más simbólica (y la interminable capacidad para realizar anuncios que solo confunden a potenciales beneficiarios) rayan en la irresponsabilidad.

 

Aunque no hemos llegado a la mitad del gobierno, el ambiente reinante es que esta aventura está llegando a su fin. La lista de candidatos presidenciales sigue creciendo. Las lealtades están alejándose de La Moneda y agrupándose en torno a los presidenciales. Algunos presidenciables incluso se aventuran a pasear por el palacio de gobierno.

 

Desde las trincheras del oficialismo se oyen los clamores por la aparición de un nuevo liderazgo. La cercanía de las elecciones municipales ha hecho que los alcaldes —y los aspirantes a serlo— comiencen a buscar figuras emblemáticas a las que acercarse para mejorar sus chances de ganar. Si hace cuatro años todos aspiraban a sacarse fotos con Bachelet, hay pocos que hoy sienten que ella les puede sumar votos en las elecciones municipales de 2016.

 

Cuando la percepción dominante es que el gobierno se está hundiendo, es razonable que todos aquellos con ambición y aspiraciones quieran deslindarse de las responsabilidades de un fracaso. Por eso, cual fiesta que indefectiblemente llega a su fin, la lógica dominante en el oficialismo es que el último en salir deberá apagar la luz. Como en toda fiesta, los últimos en salir siempre son los que no tienen nada mejor que hacer.