Cónclave inútil

Patricio Navia

El Líbero, julio 31, 2015

 

De poco servirá el cónclave de la Nueva Mayoría si no se establece un mecanismo para solucionar las diferencias al interior del conglomerado. Como las discrepancias son públicamente conocidas, en tanto no tiene ningún poder de resolución, el cónclave del lunes 3 de agosto ratificará la existencia de diferencias pero no establecerá una nueva hoja de ruta que guíe al gobierno en los difíciles dos años que le quedan.

 

Desde que llegó al poder con un irresponsablemente ambicioso programa de gobierno, la administración de Michelle Bachelet ha buscado demostrar lo que significa gobernar fumando opio. Desconociendo la realidad internacional de un ciclo negativo para los países exportadores de materias primas e insistiendo que las leyes de la economía no aplicaban para la realidad chilena, el gobierno se empeñó en impulsar un paquete de reformas mal diseñado que buscaba solucionar enfermedades que el país no tenía. En vez de hacer un diagnóstico serio sobre los desafíos que enfrentaba el país, Bachelet se compró los dogmas prevalentes en los think tanks de la izquierda caviar y en movimientos sociales que se toman la calle arrogándose la representación popular. Así, el gobierno creyó que los problemas de la educación tenían que ver con el lucro, que la crisis de salud pasaba por terminar con las licitaciones de nuevos hospitales y que una reforma tributaria que complejizara el sistema impositivo iba a aumentar la recaudación sin tener efecto negativo. Después de apurar reformas en múltiples áreas, el gobierno parece recién venir despertando a una realidad menos auspiciosa que la que imaginó cuando impulsó un programa de muchos derechos y pocas responsabilidades. Aunque ahora el gobierno abandonó el discurso contra los poderosos de siempre de 2014, el realismo sin renuncia quedó a medio camino. Después de abandonar la hoja de ruta apresurada y mal diseñada de su primer año, La Moneda no se ha animado a adoptar una nueva hoja de ruta. Eso es un error. Si bien es bueno no seguir avanzando en la dirección equivocada, el estancamiento y la inacción tampoco ayudarán a Chile a enfrentar la crisis que se viene.

 

El cónclave pudiera ser una oportunidad para que los partidos de la Nueva Mayoría se pongan de acuerdo respecto a cuál debe ser la hoja de ruta a seguir. Pero en un sistema político caracterizado por el presidencialismo fuerte y en un contexto de una NM creada en torno a la popularidad de Bachelet, el problema sobre cuál debe ser la hoja de ruta a seguir no pasa porque los partidos de la coalición de gobierno se pongan de acuerdo. La decisión pasa por que la persona que corta el queque —la Presidenta de la República— muestre liderazgo que convoque y que, arriesgándose políticamente, empiece a avanzar en alguna dirección. Habiendo escogido a Bachelet para que distribuyera mejor la abundancia, los chilenos se inquietan y se ponen ansiosos ante la realidad de que la gallina de los huevos de oro se puso clueca. Pero como el gobierno parece mejor capacitado para distribuir la riqueza que para generar las condiciones que permitan crear más riqueza, el enfriamiento de la economía ha dejado a La Moneda paralizada e incapaz de dibujar una hoja de ruta alternativa que le permita salir adelante en dos años que le restan.

 

Las divisiones al interior de la coalición gobernante son ampliamente conocidas. Es innegable la existencia de una disputa entre los que quieren cumplir con las promesas del programa independientemente de la nueva realidad de desaceleración y los que promueven la necesidad de abandonar el programa cual si fuera un barco que se hunde. Realizar un cónclave para sincerar una realidad que todo el mundo conoce y que nadie pone en cuestionamiento es un ejercicio inútil. Distinto sería realizar una cumbre destinada a zanjar diferencias y concordar una hoja de ruta común. Pero lamentablemente, dicha cumbre es imposible de realizarse sin que haya un mecanismo que permita que alguien corte el queque sobre qué hacer.

 

Igual que en su propuesta de una nueva constitución —donde la ambigüedad sobre el mecanismo se mezcla con la ingenuidad de propuestas como los cabildos—, la Presidenta Bachelet ha demostrado que su liderazgo no pasa por hacer uso de su potestad de cortar el queque. La Mandataria ha demostrado una especial habilidad para sacarle el cuerpo a la difícil tarea de zanjar diferencias entre miembros de su coalición y jugársela por una opción. Esmerándose en querer dejarlos contentos a todos, Bachelet no se la juega por ninguna de las alternativas. De ahí que parece improbable que el cónclave del lunes 3 vaya a terminar con la puja entre distintos sectores de la Nueva Mayoría que legítimamente aspiran a imponer sus posturas sobre cuál debe ser la hoja de ruta a seguir.

 

Más que un cónclave, el gobierno de la Nueva Mayoría necesita un capitán que se haga cargo del timón del barco y decida cuál es la dirección en que avanzará el país en los próximos años.