Temporada de campaña

Patricio Navia

El Líbero, junio 2, 2015

 

Dos años antes de que se realicen las primarias presidenciales para las elecciones de 2017, se alarga la lista de precandidatos presidenciales. Aunque es temprano para dar inicio a la próxima carrera presidencial, el interés en conocer a los posibles sucesores de Michelle Bachelet es un síntoma de un problema mayor. Si el gobierno sigue siendo incapaz de retomar la agenda política, la carrera presidencial seguirá convirtiéndose en la principal noticia política en el país.

 

Los rumores sobre las candidaturas presidenciales de Ricardo Lagos Escobar, Isabel Allende (la senadora, no la escritora) y José Miguel Insulza han cautivado a varios líderes de la Nueva Mayoría que ven con preocupación que el aspirante mejor posicionado de la centro-izquierda sea Marco Enríquez Ominami.  Pero tanto Insulza (que hoy cumple 72 años), como Isabel Allende Bussi (70 años) o el propio Lagos (77 años) reflejan la poca renovación de rostros en la NM. Después de que Bachelet se repitiera el plato en la presidencia —en lo que ha sido un decepcionante segundo periodo— parece una necesidad imperativa para la NM presentar líderes que no estén marcados por el golpe de 1973 ni hayan protagonizado la transición de los 80.

 

En la oposición, la búsqueda de un candidato presidencial evita adentrarse en los debates sobre cuál debe ser la hoja de ruta de la coalición derechista para intentar recuperar el poder. Como son innegables las diferencias entre los distintos partidos y grupos ubicados a la derecha de centro —por más que algunos aspiren a revivir la fútil aspiración de representar al “centro-centro”—, la aparición de un candidato que logre representar las variopintas aspiraciones y visiones de mundo del sector permitirá una reconstrucción de cara a las municipales de 2016 —elección en la que la derecha debe tener un buen desempeño si aspira a desbancar a la NM—. Si bien muchos quisieran que la Alianza se reconstruyera a partir de una plataforma común, la mejor forma de recuperar el poder es con un líder que personifique esas ideas. Las buenas plataformas no ganan elecciones, solo ayudan a que líderes atractivos puedan hacerlo.

 

A poco más de un año de iniciado el segundo gobierno de Bachelet, es innegable que la campaña se está iniciando. Acallar por decreto las escaramuzas será tan inútil como pretender que se puede eliminar el lucro en la educación o los aportes de las empresas a las campañas. Por más voluntad que exista para hacerlo, la naturaleza humana nos hace responder a incentivos.

 

La carrera presidencial se desata producto de la debilidad del gobierno. Los presidenciables logran cautivar la atención de la prensa y de los actores políticos porque el gobierno ha caído víctima de la inacción y está siendo consumido por los escándalos. Si el gobierno tuviera el control del timón, nadie prestaría atención a los aspirantes presidenciales. Cuando la orquesta no está tocando, la audiencia inevitablemente empieza a mirar hacia la puerta y a los pasillos para ver quién entra.

 

Ahora que el cambio de gabinete ya no funcionó como estrategia para retomar el control de la agenda —y el gobierno pasó de no saber cómo manejar el escándalo SQM a no poder controlar las preguntas sobre la precampaña—, una alternativa que la Presidenta debiera considerar es aceptar que hay carrera presidencial y administrarla. La mejor forma de hacerlo es reclutando a los presidenciables al gabinete. Esa estrategia le funcionó a Sebastián Piñera en sus dos ajustes de 2011, cuando incluyó a Andrés Allamand, Evelyn Matthei y Pablo Longueira al gabinete. Sumados a Laurence Golborne —que cambió de cartera—, los presidenciables entendieron que sus opciones dependían de que el gobierno de Piñera saliera del foso. El éxito de su gestión favoreció a los presidenciables, pero favoreció más a Piñera, cuyo gobierno encontró un rumbo. Además, esa movida retrasó la carrera presidencial en el oficialismo.

 

Hoy, Bachelet puede usar la misma estrategia. Ya que el nuevo gabinete arriesga tener los mismos problemas de falta de conducción que el anterior —y ciertamente el ajuste no logró cerrar los escándalos del financiamiento irregular—, Bachelet debiera dar un nuevo golpe a la cátedra y llamar a los presidenciables del mundo de centro-izquierda a su gabinete. Algunos presidenciables podrían demostrar no tener dedos para el piano, pero los que logren éxitos en su gestión, consolidarían sus aspiraciones. Mejor aún para el gobierno, la incipiente carrera presidencial se convertiría en una competencia por lograr que el gobierno actual tenga el mejor rendimiento posible.

 

Es cierto que la idea de sumar a Andrés Velasco, Marco Enríquez-Ominami, Ignacio Walker, José Miguel Insulza o la propia Isabel Allende al gabinete pudiera ser osada, pero dado los magros resultados en aprobación que ha tenido el gobierno —incluido el reciente cambio de gabinete—, a la Presidenta Bachelet le van quedando pocas opciones si quiere que su segundo gobierno sea igualmente exitoso que el primero.