El gobierno de la crisis permanente

Patricio Navia

El Líbero, mayo 19, 2015

 

Para los optimistas, la petición de renuncia al director del SII, Michel Jorratt, evidencia la consolidación del cambio de timón que dio la Presidenta Bachelet con el cambio de gabinete del 11 de mayo. Para los pesimistas, la forma en que Jorratt finalmente dejó su cargo sólo confirma la desprolijidad en la conducción política que ha caracterizado a la segunda administración de la Presidenta Michelle Bachelet. Lamentablemente, si los problemas se originan en la forma en que la Presidenta toma sus decisiones y soluciona las inevitables tensiones que aparecen al interior del gabinete, entonces, por más que se hayan sumado al gabinete personas con reconocida capacidad de gestión y manejo político, los errores no forzados de La Moneda harán que el gobierno siga tropezando con las mismas piedras.

 

Aunque el primer gabinete de Bachelet ya estaba agotado a fines de 2014, con la infantil excusa de que ella no hacía cambios de gabinete porque le molestaba que la pautearan desde los medios, Bachelet insistió con mantener a ministros que no habían dado el ancho. La inmovilidad que produjo en su gobierno el escándalo Caval y la incapacidad que tuvo su equipo para anticipar que el escándalo Penta que se extendería también a SQM, terminaron por llevar al gobierno desde la euforia por haber aprobado la reforma electoral y la reforma que eventualmente terminará con el copago, el lucro y la selección en la educación secundaria; a una sensación de depresión por la caída de Bachelet en las encuestas y por el daño que los negocios especulativos inmobiliarios de Caval provocaron a la credibilidad del gobierno y de la Nueva Mayoría.

 

Finalmente, la Presidenta terminó cediendo y aceptó remover de su cargo al ministro del Interior Rodrigo Peñailillo, su brazo derecho y el ministro que —además de ser el responsable de la mala reacción del gobierno ante los escándalos Caval y SQM— estaba más directamente involucrado en este escándalo que desnudó el financiamiento irregular de la política en periodos de pre-campaña. Pero la forma en que Bachelet anunció el cambio de gabinete —en entrevista en televisión y autoimponiéndose un plazo de 72 horas que no cumplió— generó expectativas infundadas sobre la magnitud del ajuste (Bachelet, después de todo, anunció que le había pedido la renuncia a todos los ministros).

 

Aunque el cambio de gabinete fue opacado por la desprolija manera en que Bachelet finalmente dio el golpe de timón, ya que la plaza vio con tan buenos ojos la salida de los ministros de Hacienda e Interior, en los primeros días reinó la algarabía en la elite que creía que la Nueva Mayoría sería remplazada por el retorno del orden restaurador de la Concertación. Pero con los días, han surgido evidencias de que el cambio de gabinete no ha sepultado las confusiones sobre cuál es la hoja de ruta que motiva al gobierno. Las discrepancias que comenzaron a surgir entre los nuevos ministros, especialmente respecto a la continuidad de Jorratt en el SII, apuntaron a que la llegada de los nuevos rostros no había solucionado el problema estructural del gobierno, la forma en que la Presidenta Bachelet toma y comunica sus decisiones. Mientras unos ministros parecían anticipar la salida de Jorratt, otros se apuraban en confirmar al director del SII. Finalmente, ocho días después del cambio de gabinete, el gobierno le pidió la salida a Jorratt.

 

Los optimistas pueden apuntar a que la desprolijidad en la forma en que se separó a Jorratt de su cargo es un último estertor del viejo orden que fue remplazado el 11 de mayo. Pero hay buenas razones para creer que la desprolijidad es condición inherente en la forma de gobernar de Bachelet. La revelación hecha por La Tercera sobre la asesoría a la empresa Caval que en 2012 realizó a Ana Lya Uriarte, la jefa de gabinete de Bachelet, y que el gobierno había considerado innecesario transparentar, alimentan sospechas de que el gobierno está ocultando información sobre la relación entre Caval, el trabajo de precampaña de Bachelet y los equipos que ahora trabajan con la Presidenta. En la misma línea, la demora en nombrar a un nuevo contralor de la República, el inevitable ajuste en subsecretarios e intendentes que normalmente se da después de un cambio de gabinete, y la especificación sobre cuáles serán las nuevas prioridades legislativas del gobierno apuntan a que la desprolijidad sobrevivió al cambio de gabinete.

 

En las semanas que vienen, a medida que el nuevo equipo vaya tomando el control del manejo político cotidiano, veremos hasta qué grado el cambio de gabinete logrará también mejorar la coordinación en el gobierno. Si la dupla Burgos-Valdés se empodera y toma el control de las decisiones, se disiparán las dudas. Pero si se mantiene el estilo secretista de la Presidenta y continúa su renuencia a dirimir rápidamente los conflictos que surgen al interior del gabinete, se mantendrá la percepción de que el gobierno vive en una crisis permanente.