Hundiendo el barco de la derecha

Patricio Navia

El Líbero, marzo 31, 2015

 

Igual que los miembros de una familia que se insultan cotidianamente pero muestran especial respeto por las visitas, la derecha chilena parece creer que basta con mostrar buenos modales en el periodo de campaña para cautivar a un electorado que desconfía de los políticos y resiente lo que considera un modelo socio-económico que permite el abuso. Mientras los partidos de la derecha no sean capaces de demostrar amistad cívica en su relación cotidiana, difícilmente podrán ganarse la confianza del electorado. La seguidilla de acusaciones mutuas que se han escuchado en la derecha en relación al caso Penta ha hecho más daño a la credibilidad y a la factibilidad electoral futura de la derecha que los errores involuntarios, irregularidades e ilícitos que tienen a importantes líderes de derecha desfilando por la fiscalía.

 

Desde la aplastante derrota electoral de 2013, la derecha se ha debatido entre los que quieren pasarse las cuentas por el peor traspié sufrido por el sector desde el retorno de la democracia y los que quieren comenzar a reconstruir de cara a las próximas contiendas electorales. Pero como no se puede reconstruir sin una evaluación adecuada de las causas de la derrota ni tampoco se puede discutir eternamente las causas sin empezar en paralelo la reconstrucción, la derecha se ha pasado más de 500 días en la inmovilidad.

 

El escándalo Penta solo vino a profundizar los conflictos y disputas internas en la derecha. Antes de que estallara el escándalo, ya se había visto la escisión de Amplitud, los frustrados intentos entre UDI y RN por concordar una agenda, las divisiones producto de la reforma tributaria, discrepancias sobre el Acuerdo de Unión Civil, sobre el fin al lucro en la educación y sobre la reforma electoral. Las relaciones entre los distintos grupos que forman la Alianza, e incluso al interior de RN y UDI, sus principales partidos, ya estaban tensionadas antes de que estallara el escándalo Penta.

 

A partir de Penta, la debilidad de la UDI ha sido oportunidad propicia para que varios líderes de derecha –incluso al interior de la UDI— intenten cobrar cuentas pendientes. La carnicería ha sido tal que el líder natural del sector, el ex Presidente Sebastián Piñera, ha optado por mantenerse al margen. Aunque en algún momento dio la impresión de que Piñera podría sumarse a los esfuerzos que lidera Andrés Allamand para forjar la formación de un partido único de derecha, el campo del sector aparece tan minado que Piñera optará por no entrar al ruedo.

 

La falta de orden y unidad lleva a algunos a recordar con nostalgia la época cuando la autoridad se ejercía vertical y autoritariamente desde La Moneda. De hecho, desde que Pinochet ordenó a toda la derecha en su causa anticomunista y en la implementación del modelo neoliberal, la derecha no ha sido capaz de construir una coalición que funcione. Desde el retorno de la democracia, la historia de la Alianza ha estado plagada de traiciones, estocadas en la espalda, zancadillas y escaramuzas que, múltiples veces, han hecho que la sangre llegue al río.

 

Es verdad que, dados los incentivos del sistema electoral y la necesidad de obtener una mayoría absoluta de los votos para ganar la presidencia, partidos de ideas e intereses disímiles se han visto obligados a formar coaliciones. Aunque se sientan incómodos compartiendo plataforma con socios que abrazan ideas distintas, los partidos deben llegar a entendimientos con sus socios electorales. En la centro-izquierda, la cercanía al poder siempre facilitó el entendimiento entre el PDC y sus socios izquierdistas de la Concertación. Pero fue cuando perdieron el poder que los partidos de centro-izquierda hicieron gala de un pragmatismo envidiable y una incuestionable capacidad de demostrar con hechos que estaban comprometidos con el discurso a favor de la diversidad.

 

Como el eje ideológico del país se ha corrido hacia la izquierda, la derecha debiera estar más unida que nunca en torno a las banderas del modelo social de mercado. Cuanto más se sienten los ímpetus refundadores en la Nueva Mayoría, más razones tendría la derecha para unir fuerzas. Pero, después de perder el poder, la derecha se ha vuelto más dogmática y sectaria. Hoy hay más grupos de derecha que cuando la Alianza fue gobierno. Las discrepancias tácticas y estratégicas se han profundizado. La cercanía ideológica ante un enemigo común ha hecho que las diferencias tácticas devengan en guerras sangrientas. Si Penta fue un terremoto, los partidos de la Alianza en las últimas semanas han dado un espectáculo propio de los saqueos que siguen a los terremotos en sociedades donde no reina el Estado de derecho.

 

Por eso, da la impresión de que la crisis que hoy vive la derecha no tiene mucho que ver con Penta. El estallido de ese escándalo solo despertó viejos fantasmas en una derecha formada por partidos que, aunque tienen un norte común, parecen dispuestos a hundir el barco por diferencias personales, aunque eso implique que toda la derecha termine ahogada.