A cortar el cordón umbilical

Patricio Navia

El Líbero, febrero 27, 2015

 

A partir del escándalo Nueragate, la Presidenta Bachelet se ha visto arrinconada, incómoda, defensiva y molesta. Es comprensible que le cause dolor ver a su primogénito involucrado en un escándalo que pone en tela de juicio el compromiso de su gobierno con el combate a la desigualdad y a los privilegios. Pero Bachelet debe entender que su primera obligación es comportarse como Presidenta de la República, no como madre culposa que lamenta no haber podido encaminar a su hijo por el mismo sendero de compromiso social y de lucha contra la desigualdad que ella ha seguido toda su vida. Precisamente porque ahora está en juego la credibilidad de su gobierno y su capacidad para llevar adelante sus promesas de campaña, la Presidenta debe hacer lo que sea necesario para no seguir hundiéndose por culpa de ese pesado yunque que constituye su relación familiar con Sebastián Dávalos.

 

En su emocionada intervención el lunes 23, Bachelet cometió tres graves errores estratégicos. Primero, no aclaró legitimas dudas sobre qué tanto sabía ella —y cuándo lo supo— respecto a este escándalo.  Segundo, se atribuyó decisiones que no fueron suyas. Bachelet no ha tomado ninguna decisión difícil respecto a este escándalo. No le pidió la renuncia al hijo, no salió a separar aguas respecto a las prácticas de negocios de su hijo y sus propios valores reñidos con usar los privilegios para exacerbar la desigualdad. Tercero, no pidió perdón por su propia responsabilidad en el daño que ha hecho este escándalo. Después de todo, la decisión de nombrar a Dávalos como primer damo fue exclusivamente de Bachelet (desoyendo los mejores consejos de buena parte de la Nueva Mayoría). Producto del manejo de crisis que ha demostrado el gobierno, el escándalo Nueragate lleva ya tres semanas dominando las noticias.

 

Además del hecho evidente de que este escándalo pone en cuestionamiento el compromiso del gobierno de la NM con la meritocracia y contra los privilegios de los que tienen contactos y acceso privilegiado, la credibilidad de Bachelet como líder que toma decisiones difíciles ha sido puesta en cuestionamiento. Durante la campaña, Bachelet alimentó expectativas respecto al tipo de reformas que impulsaría y respecto a su propio liderazgo para impulsarlas. En riesgosas declaraciones, Bachelet dijo que ella impulsaría “reformas, no reformitas”. También aclaró que en temas espinudos, como el mecanismo para generar una nueva constitución, ella tomaría las decisiones. Su declaración de que “yo voy a cortar el queque” buscaba dejar en claro que ella era la líder de la NM y que cuando hubiera que tomar decisiones difíciles, a Bachelet no le temblaría la mano.

 

En el caso Nueragate, a Bachelet no solo le tembló la mano cuando debió haberle pedido la renuncia a su hijo, sino que también le tembló la voz cuando se atrevió a enfrentar a la prensa y dar la cara. Por cierto, su conferencia de prensa estuvo muy por debajo de los estándares que deben existir en democracias consolidadas: la Presidenta contestó solo tres preguntas y ni siquiera aclaró cuándo se informó por la prensa y por qué se demoró tanto en tomar una decisión. Independientemente de las posturas ideológicas, los chilenos deberíamos concordar en que no le hace bien a la democracia que los líderes se anden escondiendo, rehúyan a la prensa y eviten responder legítimos cuestionamientos sobre su accionar y sobre las decisiones que han tomado en el ejercicio del poder.

 

Es verdad que, además de Presidenta, Bachelet también es madre. Ninguna madre se siente orgullosa de ver a sus hijos involucrados en escándalos. Peor aún, ninguna madre debe ver con buenos ojos que sus hijos se conviertan en la antítesis de lo que ellas representan. Cuando una madre ve que un hijo abraza valores y principios éticos opuestos a los que ella ha defendido y promovido toda la vida, es comprensible que haya dolor y confusión. Pero por eso mismo, las personas que ocupan cargos políticos sensibles y posiciones de liderazgo debieran evitar correr el riesgo de tener que ponerse en una posición donde deben escoger entre ser líderes de la república o padres comprensivos. Bachelet optó por nombrar a su hijo al cargo de primer damo. Allí fue cuando cometió el error. Ahora, cuando estalló el escándalo, solo debió pagar el costo de aquel error inicial.

 

Ahora que el tsunami del escándalo Nueragate amenaza con inhabilitar la agenda de reformas del gobierno, Bachelet deberá demostrar que ella es, efectivamente, quien tiene la capacidad y voluntad de cortar el queque. Porque hasta ahora el caso Nueragate se ha apoderado del queque —de la agenda de reformas que Bachelet prometió como candidata—, Bachelet debe demostrar que, aunque duela y le tiemble la voz, su primera obligación es ser Presidenta de la República. Por eso, para comenzar a salir del hoyo en que se encuentra su gobierno ahora, Bachelet debe usar el cuchillo para romper el cordón umbilical que todavía la une con Sebastián Dávalos.