Un verano para olvidar

Patricio Navia

El Líbero, febrero 20, 2015

 

Aunque el final del verano siempre llega con el Festival de la Canción de Viña del Mar, este año –al menos en lo que a política respecta– nunca tuvimos temporada estival. Con la cercanía de marzo, y el regreso de la clase política de sus vacaciones, el plano político aparece bastante cambiado. El gobierno está considerablemente más débil, el horizonte económico aparece menos malo (aunque ciertamente no hay nada que alimente el entusiasmo) y la oposición sigue contra las cuerdas. Durante las semanas que los chilenos estuvieron de vacaciones, la calidad de nuestra democracia se debilitó y la clase política siguió haciendo todo lo posible para debilitar aún más la confianza de la gente en nuestras instituciones.

 

Después de que el gobierno pasó la retroexcavadora en enero (anotándose importantes logros con la reforma educacional, el acuerdo de unión civil y la reforma electoral), y mientras la derecha seguía hundiéndose en las arenas movedizas del caso Penta, el mes de febrero nos sorprendió con el Nueragate. Aunque es comprensible que haya pocas noticias positivas sobre el accionar de la clase dirigente cuando el Congreso está de vacaciones y el gobierno está en manos de los subrogantes, este año abundaron las malas noticias.

 

Pese a que sus implicaciones legales son menores que las del caso Penta y a pesar de que no involucran a políticos con cargos de representación popular, el caso Nueragate tiene consecuencias potencialmente más nefastas que las del caso Penta. Porque toca directamente a la familia presidencial y personifica el rechazo al abuso, al lucro producto de acceso desigual y a una sociedad donde los contactos importan más que los méritos, el caso en el que se han visto involucrados el hijo y la nuera de la Presidenta probablemente tendrá efectos más directos sobre la arena política de 2015. Porque, después de todo, la Alianza es minoría en el Congreso, el escándalo Penta no afecta sustancialmente la correlación de fuerzas en la arena política. El partido más de derecha aparece golpeado y herido en un ala, pero aun volando a plena capacidad, es poco lo que la UDI hubiera podido hacer para bloquear las iniciativas de cambio del gobierno de la Nueva Mayoría.

 

En cambio, el caso Nueragate afecta la credibilidad del mensaje central del gobierno de Bachelet. Cada vez que desde La Moneda se intente justificar una iniciativa a partir de la lucha contra el abuso y a favor de la igualdad, asomará el fantasma de Sebastián Dávalos y su uso y abuso del trato privilegiado. Ese fantasma facilitará el distanciamiento de algunos legisladores oficialistas que hace rato se sentían incómodos con las iniciativas de Bachelet pero no se atrevían a verbalizar su descontento. Ahora, el hijo de la Presidenta les ha dado la excusa perfecta para justificar sus discrepancias con las prioridades del gobierno. Ya sea porque creen que Bachelet está yendo demasiado lejos o porque no está yendo lo suficientemente lejos, los descontentos con la Mandataria podrán justificar su indisciplina en el escándalo Nueragate y en la elusiva actitud que ha tenido, al menos hasta ahora, la Presidenta para responder los legítimos cuestionamientos que existen sobre qué tanto sabía ella sobre los negocios de su hijo y qué hizo para evitar el aprovechamiento que hizo su primogénito de los contactos privilegiados a los que podía acceder por ser hijo de Bachelet.

 

Igual que en su primer gobierno, cuando el escándalo producido por la puesta en marcha del Transantiago llevó a Bachelet a cometer su peor error de gobierno -cuando reconoció que su intuición le indicaba que no debía dar inicio a esa nueva reforma-, hay buenas razones para creer que la intuición de Bachelet le decía que era una mala idea que su hijo condujera sus negocios de la forma que lo estaba haciendo y, más tarde, que era una pésima idea nombrarlo al cargo de primer damo. Felizmente para Bachelet, los efectos de este nuevo error no los siente diariamente la ciudadanía (a diferencia del Transantiago). Pero la clase política sí percibe muy bien el momento de debilidad por el que pasa la Presidenta. En 2007, la Concertación perdió su mayoría en el Congreso el año del Transantiago. Más que rechazo por la iniciativa en sí (que era más bien heredada del gobierno anterior), el alejamiento de legisladores DC que dieron mayoría a la Alianza en el Congreso fue resultado de la forma en que el gobierno manejó la crisis. A menos que Bachelet aprenda la lección y demuestre un mejor manejo de crisis, la indisciplina de los legisladores oficialistas se hará inevitable y la capacidad del gobierno para seguir impulsando sus ambiciosas reformas se reducirá.

 

Si cuando comenzó febrero la debilidad de la derecha hacía pensar que nada podía frenar la retroexcavadora de La Moneda, al finalizar el mes el gobierno hizo caer su retroexcavadora a un pozo paralelo al que vio caer a la derecha. Aunque ahora hay más incentivos para que el gobierno y la derecha sumen fuerzas para salir del hoyo, lo cierto es que en lo que respecta a la salud de la democracia, este ha sido un verano para olvidar.