Una madre herida

Patricio Navia

El Líbero, febrero 17, 2015

 

De todos los ángulos posibles que se puede ver el escándalo del Nueragate, la hasta ahora desconocida reacción que ha tenido Michelle Bachelet como madre del principal involucrado es la que más efectos duraderos tendrá sobre la política chilena. La capacidad del gobierno de la Nueva Mayoría de seguir impulsando reformas que fortalezcan el papel, y la injerencia del Estado en la vida cotidiana de los chilenos y emparejen la cancha para hacer de nuestro país una sociedad menos desigual, dependerá de que Bachelet sea capaz de privilegiar su rol como Presidenta de la República sobre su rol como madre. Porque ella necesita distanciarse de los que se aprovechan de la cultura de la desigualdad, para proteger su imagen como paladín de la igualdad, Bachelet deberá distanciarse también de todo lo que hoy representa su primogénito.

 

El affaire Dávalos-Compagnon incuestionablemente contradice el mensaje de promover la igualdad, de valoración por lo público sobre lo privado y de rechazo a las prácticas que perpetúan las desigualdades de origen y debilitan la meritocracia. Ya no basta con argumentar que no se cometió ningún ilícito y que el negocio se produjo entre privados. Todos los detalles que se han conocido sobre la forma en que se produjo este lucrativo negocio para la empresa de la nuera de la Presidenta, y en la que trabajaba el primogénito de Bachelet, se ven feos. Desde la reunión con el propio Andrónico Luksic (controlador del Banco de Chile y uno de los hombres con más potenciales conflictos de interés a la hora de darle una manito al hijo de la próxima Presidenta) hasta la forma en que Sebastián Dávalos ha intentado explicar y justificar su actuación y la aparente ingenuidad del negocio, todos los detalles ejemplifican las profundas diferencias que existen en Chile entre los que gozan de acceso por sus orígenes y relaciones familiares y el resto de los chilenos que cotidianamente sufren del abuso y la discriminación por no tener los apellidos, contactos o redes necesarias para jugar en esta cancha cargada a favor de los poderosos. Ahora que el símbolo del abuso —en tanto acceso privilegiado y ventajas injustificadas— resultó ser el hijo de la mujer que prometió terminar con las desigualdades, es comprensible que haya menos personas que imaginen un Chile con menos desigualdad y más meritocrático. Si el hijo de la mujer que prometió terminar con la cancha dispareja aprovechó su acceso y contactos, ¿qué autoridad moral va a tener ahora la madre para combatir una práctica tan enraizada en nuestra sociedad?

 

Desde su primer periodo como Presidenta, Bachelet personificó valores diametralmente distintos a los que hoy se asocian con su primogénito. El hecho de que ella se convirtiera en la primera mujer en llegar a la presidencia constituyó un mensaje inequívoco de inclusión y diversidad. Porque ella era diferente a los mismos de siempre, Bachelet podría abrir las puertas de las oportunidades a millones de chilenos que históricamente habían quedado fuera. Aunque todos los presidentes desde el retorno de la democracia prometieron más igualdad, solo una persona que había sido víctima de la exclusión y múltiples discriminaciones y abusos podía personificar ese mensaje y materializar los sueños de los que siempre fueron parte del baile de los que sobran.

 

Es verdad que en su primer gobierno su discurso de oportunidades tuvo tropiezos. Su promesa de paridad de género se vio frustrada por el bloqueo de los partidos. Su impulso por promover una democracia participativa se hundió con la implementación del Transantiago. En su segundo gobierno, Bachelet retomó el discurso del fin de los abusos, de ampliar las oportunidades y terminar con las desigualdades de origen. El relato sobre el que se construyó la reforma tributaria —fustigando a los poderosos de siempre— y el mensaje central en la reforma educacional fue el combate a la desigualdad. El discurso bacheletista es que de poco sirve el crecimiento y el empleo si la torta está mal distribuida y unos pocos gozan —y lucran— de un acceso que la gran mayoría de los chilenos nunca ha soñado tener. El que los chilenos crean ahora que el hijo de Bachelet ha entrado a ese clan de los poderosos de siempre constituye un misil contra la línea de flotación del mensaje de lucha contra la desigualdad.

 

La vergüenza por el triste espectáculo que dio su hijo hace comprensible que Bachelet sea hoy una madre herida. Pero la contradicción entre los valores que ella promueve para el país y la realidad de los valores que predominan en las actividades públicas de su primogénito, debilitan la imagen de Bachelet como una madre de la nación determinada a terminar con las desigualdades que abundan en Chile, con la cultura del abuso, el pituto y la falta de meritocracia. Por eso, aunque sea difícil, la madre herida no podrá esta vez decir “paso” cuando le pregunten por los hechos que han dominado la agenda política del país estos últimos 10 días.