En el país de los ciegos

Patricio Navia

El Líbero, febrero 6, 2015

 

Si bien la crisis por la que atraviesa la derecha chilena empequeñece, en el corto plazo, los problemas estructurales de la hoja de ruta del gobierno de la Nueva Mayoría; la Presidenta Bachelet no debiera apostar a que en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Porque la gente exigirá al gobierno que lleve al país a buen puerto cuando los vientos en contra de las economías emergentes soplen con más fuerza en Chile, La Moneda no debiera poner todos los huevos en la canasta de la debilidad de la derecha. Si la Presidenta Bachelet no toma medidas para enfrentar la compleja situación económica que se avecina, el alto rechazo que hoy sufre la Alianza se extenderá también al gobierno de la NM.

 

Próxima a cumplir su primer año en el poder, Bachelet tiene muchas razones para estar satisfecha. La Presidenta ha logrado cumplir algunas de sus más importantes promesas de campaña. Si bien la reforma tributaria no recaudará todo lo que necesita el gobierno para cumplir su promesa de universidad gratuita para todos —especialmente ahora que el enfriamiento de la economía disminuirá los ingresos fiscales y obligará a aumentar el gasto en otros ámbitos—, Bachelet logró aprobar una compleja reforma tributaria. Aun si la economía se demora más de lo esperado en volver a tomar fuerza y el gobierno deba impulsar algunas correcciones a la reforma para incentivar el empleo, Bachelet igual pasará a la historia con su reforma tributaria.

 

Con la promulgación de la reforma electoral —que puso fin al sistema binominal—, Bachelet cierra también un difícil capítulo de negociación política. Aunque tiene problemas evidentes y nadie sabe a ciencia cierta cuáles serán sus efectos sobre el sistema de partidos cuando se implemente por primera vez en 2017, Bachelet logró sepultar el sistema electoral impuesto por la dictadura de Pinochet. De ahora en adelante, la discusión sobre futuras reformas electorales estará libre de la disputa sobre el legado autoritario en Chile.

 

La promulgación de la reforma educacional que pone fin al lucro, al copago y a la selección es otra victoria de Bachelet. Aunque ninguno de los tres molinos de viento que Bachelet identificó como los gigantes que al ser derribados para tener educación igualitaria y de calidad desaparecerán en su gobierno —y futuros gobiernos bien pudieran pasar nuevas reformas que eviten la implementación gradual de la ley recientemente aprobada en el Congreso—, podrá repetir hasta la saciedad que logró terminar con el lucro, el copago y la selección.

 

El Acuerdo de Unión Civil (AUC) y el envío de la reforma laboral al Congreso complementan un gran año legislativo para Bachelet.  Es verdad que hay pocas probabilidades de que la reforma laboral pase tal como Bachelet la envió y que la Presidenta tendrá un difícil desafío cuando intente convencer a los chilenos que la reforma constitucional que promoverá en 2015 constituye una nueva constitución, pero La Moneda tuvo un año mucho más exitoso de lo que incluso sus más optimistas aliados anticipaban cuando ella asumió el poder.

 

Pero parte del éxito radica en que Bachelet se concentró mucho más en cosechar que en sembrar para los difíciles tiempos que se vienen para los países emergentes. A diferencia de su primer gobierno, cuando construyó capital político a partir de políticas fiscales contra-cíclicas, en este cuatrienio, la Presidenta optó por tomar riesgos y cambiar el techo de la casa a sabiendas que se viene una tormenta. Las dudas que esa estrategia despierta en los chilenos ya se hacen evidentes en las encuestas de aprobación presidencial.  Peor aún, cuando la gente se dé cuenta que la letra chica de la reforma educacional hace que la materialización del fin del lucro, la selección y el copago se pierdan en el horizonte, la decepción con las promesas incumplidas tenderá a aumentar aún más. Como Bachelet hizo algunas promesas que recién se deben empezar a materializar en 2015 (la nueva constitución) y 2016 (la educación universitaria gratuita para todos), es razonable pensar que crecerá el descontento con la Presidenta. Si a todo eso le sumamos que la compleja situación económica que se avecina para los países emergentes tendrá efectos negativos sobre el empleo en Chile a partir del segundo trimestre de 2015, hay menos razones para que reine un ambiente optimista en el gobierno de la Nueva Mayoría.

 

Es verdad que la derecha está en el piso y no parece darse cuenta de lo profundo de su crisis. Pero en vez de mirar hacia adelante y prepararse para los complejos tiempos que se avecinan para todas las economías emergentes, el gobierno de Bachelet parece más preocupado de sacar ventajas de corto plazo de la debilidad actual de la derecha. Lamentablemente para el gobierno, independiente de cómo esté la derecha entonces, cuando llegue la crisis, los chilenos le pasarán la cuenta por no haber tomado las medidas necesarias para evitar que la tormenta hiciera daño.