La derecha unida jamás será vencida

Patricio Navia

El Líbero, enero 27, 2015

 

La posibilidad de que la derecha se fusione en un solo partido comprensiblemente entusiasma a muchos partidarios del sector. Después de todo, los conflictos entre sus partidos han sido más costosos para la derecha que cualquier superioridad electoral de la izquierda. Pero en tanto la derecha hable más de unidad en torno a un partido que en torno a valores y hoja de ruta, los intentos por unificarse producirán pocos resultados. Sólo cuando se comprometa con la defensa del mercado —y no de las empresas o de los empresarios— y cuando promueva valores capitalistas que rechacen el compadrazgo, amiguismo y nepotismo, la derecha podrá recuperar la confianza de los chilenos que, hoy por hoy, creen que la izquierda está mejor preparada para defender el modelo social de mercado.

 

Después de la aplastante derrota electoral de 2013, la derecha cayó en una crisis profunda. Apenas ocurrida la elección, varios legisladores de derecha renunciaron a sus partidos y procedieron a formar sus propios movimientos. En semanas, los partidos de derecha tradicional perdieron a 2 de sus 16 senadores y a 3 diputados. El propio ex Presidente Sebastián Piñera, que había renunciado a su militancia en RN al asumir el poder, optó por no volver a militar.

 

Otra manifestación de la crisis se evidenció en las distintas lecturas que se dieron para explicar la derrota de 2013. Los dedos acusatorios apuntaron al fuego amigo, al bloqueo conservador, a los excesivos ímpetus liberales, a la proliferación de la letra chica, a los conflictos de interés e, incluso, algunos sugirieron que la derecha había obtenido una mayoría accidental y que la derrota en 2013 era inevitable.  Incuestionablemente, la derrota de ese año fue estrepitosa. Luego de haberse convertido en el primer Presidente de derecha democráticamente electo en cinco décadas, Piñera terminó su periodo con la peor derrota electoral sufrida por el sector en 50 años.

 

Cuando los partidos Liberal y Conservador fueron arrasados en las parlamentarias de 1965, la derecha reaccionó fusionándose en el Partido Nacional en 1966. Pero en vez de consolidarse con una generación de recambio, el PN presentó al ex Presidente Jorge Alessandri como candidato presidencial en 1970. El PN lideró la oposición a Salvador Allende, pero firmó su propia sentencia de muerte cuando apoyó abiertamente el golpe militar de 1973. Hacia fines de la dictadura militar, los conflictos internos terminaron con dos partidos, UDI y RN, que han liderado al sector por 25 años —con disputas y conflictos tan sangrientos como regulares—.

 

El llamado a la formación de un solo partido de derecha alimenta comparaciones con la derrota de 1965 y la formación del PN en 1966. Hay importantes lecciones que puede aprender la derecha de esa frustrada experiencia.

 

La primera es que la formación de un partido único es un paso necesario, pero no suficiente, para refundar al sector. La refundación se debe dar a partir de las ideas, no del cambio de nombre o del número de partidos. Pese a que votaron por la izquierda en 2013, los chilenos han dado señales claras de su predilección por el modelo social de mercado. La aprobación de Bachelet ha caído porque prometió un mejor camino para llegar a la tierra prometida de la igualdad de oportunidades y ahora aparece perdida en el desierto de las buenas intenciones, determinada todavía a avanzar en una dirección que una mayoría de chilenos cree errada.

 

Pero la derecha no va a capitalizar el creciente descontento que existe con el rumbo que lleva Chile porque la gente no cree que la derecha defienda el modelo social de mercado. Los escándalos recientes han alimentado las sospechas de que la derecha defiende más a las empresas que a los consumidores. La gente que valora la competencia cree que este sector político defiende a las empresas y no el fortalecimiento de los mercados. Aunque pide mano dura con la delincuencia, la derecha guarda un cómplice silencio cuando se trata de delincuentes de cuello y corbata cuyas acciones debilitan los mercados y dañan la credibilidad de Chile como un país libremercadista con reglas claras.

 

Por eso, más que cambiar el nombre de la gran carpa que alberga al sector, la derecha debiera ejercer con celo la defensa de los consumidores y no tolerar entre sus filas a aquellos que rompen las reglas, violan la ley o juegan en el margen de la legalidad.

 

Finalmente, como señal de que se ha refundado y que empieza un nuevo capítulo, la derecha también deberá renovar sus liderazgos. Los que exitosamente guiaron los destinos de la derecha en el pasado no son los mejores nombres para complementar el mensaje de refundación y de nuevas etapas. Porque no se puede poner vino nuevo en odres viejos, si los esfuerzos por renovar a la derecha chilena son liderados por las mismas caras de siempre, el electorado chileno les seguirá dando la espalda.