Fin del copago y selección: mala gradualidad

Patricio Navia

El Líbero, enero 23, 2015

 

En tanto es un proceso incremental que durará al menos hasta 2023, la votación del Senado a favor de la reforma educacional, que pone fin al copago, al lucro y a la selección, constituye la peor forma de gradualidad en el diseño de implementación de políticas públicas. Porque fue aprobada sin un amplio consenso —y por lo tanto la dirección y gradualidad con que se implementa esta reforma bien pudiera cambiar después de 2017, cuando asuma el próximo gobierno—, la reforma más que enterrar el copago, el lucro y la selección, los deja en estado de coma inducido. El debate sobre el rol que jugará el sector con fines de lucro en la educación chilena no ha sido zanjado. Igual como el clásico almacén de barrio donde “hoy no se fía, mañana sí”, el proyecto que pronto será ley parece decir “hoy se sigue permitiendo el lucro, la selección y el copago; después de 2017, quién sabe.”

 

Una de las razones que explican el éxito de Chile ha sido la capacidad de construir acuerdos transversales para promulgar reformas que se implementan de forma gradual y que pueden ser corregidas y perfeccionadas a medida que pasa el tiempo. La reforma procesal penal constituye un ejemplo loable de una reforma compleja que fue implementada a partir de un acuerdo amplio alcanzado a fines de los 90.  Esa amplia base de apoyo permitió que la reforma se materializara años después de que terminara el gobierno que inicialmente promulgó la ley.

 

La reforma educacional que busca terminar con el lucro, el copago y la selección que acaba de aprobar el Senado dista de haber logrado una mayoría deseable para una reforma cuya implementación durará mucho más de lo que dure el actual gobierno. Precisamente porque la implementación de cualquier reforma así de ambiciosa y complicada augura problemas y anticipa que se precisará de ajustes en el camino, la incapacidad del Gobierno para lograr que la oposición se sumara a su aprobación introduce un innecesario elemento de incertidumbre a la inevitable gradualidad que debieran tener este tipo de transformaciones.

 

Hace unos meses, el Gobierno optó por el camino de los grandes acuerdos para dotar de legitimidad a la reforma tributaria. Si bien la Nueva Mayoría, en el papel, tenía suficientes votos en el Congreso como para implementar cualquier reforma que hubiera querido, el liderazgo del PDC en el Senado convenció al Gobierno a aceptar entrar a la cocina política para negociar un acuerdo que dotara de viabilidad de largo plazo la ambiciosa reforma tributaria. Es verdad que varios en el Gobierno hubieran preferido no negociar, pero los senadores PDC —sin cuyos votos la NM no era mayoría— forzaron una negociación que produjo un amplio respaldo legislativo a la iniciativa. Ya que la reforma tributaria también será implementada gradualmente, la amplia base de apoyo que tuvo asegura que cualquier modificación que se haga en el camino no pondrá en cuestionamiento las bases y esencia de la reforma. Después de todo, al haber sido aprobada por una mayoría así de amplia, la reforma tributaria posee una incuestionable legitimidad democrática. Los obstáculos y errores de diseño e implementación que aparezcan en el camino no serán suficientes para cuestionar esa legitimidad.

 

Lamentablemente, ni el Gobierno aprendió la lección ni el PDC volvió a ejercer el mismo rol moderador en la negociación de la reforma educacional. Es verdad que la bancada PDC en el Senado moderó la reforma respecto a la versión aprobada en la Cámara. Varias de las indicaciones que se introdujeron producto de la negociación PDC/Gobierno (y que molestaron a los senadores más de izquierda de la NM) introducen más gradualidad y moderación en los cambios que se vienen. Comprensiblemente, varios diputados que se la jugaron por una reforma más radical, alegarán que esta reforma no termina definitivamente y de una buena vez ni con el lucro, ni con la selección ni con el copago. El hecho que las transformaciones serán graduales y que habrá mucha letra chica, cuyos efectos todavía desconocemos, dan causa para pensar que la selección y el lucro sobrevivirán (de forma encubierta y con triquiñuelas) y que el horizonte del fin del copago se ve demasiado lejano como para entusiasmar a la opinión pública. Pero por más moderadoras que hayan sido las indicaciones introducidas en el Senado —y que serán aceptadas a regañadientes en la Cámara—, la reforma educacional que será promulgada carece de la necesaria mayoría amplia que pueda garantizar la continuidad en su implementación independientemente de quién gane la elección presidencial de 2017.

 

Como la reforma se aprobó sólo con el apoyo de los senadores de la NM, su implementación dependerá de que esta coalición siga en el poder más allá de 2017 y que el nuevo gobierno tenga las mismas prioridades y visión sobre cuál es el camino a seguir para mejorar la calidad de la educación de los niños chilenos. Por eso, más que matar al lucro, el copago y la selección, esta reforma sólo los deja con coma inducido.