Peñailillo equivoca su rol

Patricio Navia

El Líbero, diciembre 30, 2014

 

Al obstinarse en ser el jefe de gabinete personal de Bachelet y no asumir su papel de gabinete del Gobierno de Chile, Rodrigo Peñailillo le hace un flaco favor a la Presidenta hacia quien ha demostrado lealtad absoluta.

 

Resulta fácil confundir el cargo de jefe de gabinete de la Presidenta de la República con el de Jefe de gabinete del Gobierno de Chile. El jefe de gabinete del Presidente, cargo sin rango ministerial, se encarga de coordinar la relación del Ejecutivo con los múltiples grupos de interés y actores políticos (incluidos los ministros) que intentan influir sobre el Mandatario. En cambio, el puesto de jefe de gabinete del Gobierno recae en el ministro del Interior. El titular de esta cartera debe velar por el buen funcionamiento del Gobierno. Cuando el Gobierno funciona bien, el Presidente de la República también se ve personalmente beneficiado, pero la misión del ministro del Interior no es proteger al Presidente, es velar por el buen funcionamiento de todo el Gobierno.

 

Normalmente, hay poco espacio para que ambos roles se confundan. Los ministros del Interior poseen una trayectoria política que les permite interactuar con los líderes partidistas y, por lo tanto, son capaces de llevar la conducción política del Gobierno. Para ser jefe de gabinete del Presidente, en cambio, no es requisito poseer las redes políticas que son esenciales para ser un buen ministro del Interior.

 

En gobiernos anteriores, ambos roles estuvieron claramente definidos. Pero en esta administración ha reinado la confusión respecto a quién ocupa cada rol. El jefe de gabinete del Gobierno, Rodrigo Peñailillo, parece no haber dejado de ejercer el papel que tuvo entre 2006 y 2010 como jefe de gabinete de la Presidenta Bachelet. Esta confusión de roles le ha impedido ejercer exitosamente su rol como jefe de gabinete del Gobierno.

 

Un caso que ejemplifica esta confusión de roles ha sido el cambio de gabinete que Bachelet ha retrasado por más de un mes. Hay buenas razones por las que la Presidenta no quiere ajustar su equipo. Como el gabinete está cuoteado entre los partidos de la Nueva Mayoría, Bachelet no puede remplazar sólo a ministros PDC y PS, para no aparecer privilegiando a otros partidos. Por eso, cualquier cambio de gabinete debe cuidar los equilibrios partidistas. Además, Bachelet debe cuidar también los equilibrios de género (materia en la que ya está al debe). Como no puede “castigar” a los hombres de un partido nombrando sólo mujeres de ese partido, la Presidenta debe hacer cuoteo de género también al interior de cada partido. Ya que resulta muy difícil cuadrar el círculo al armar un gabinete, Bachelet comprensiblemente preferiría no tener que volver a pasar por eso. Un leal jefe de gabinete de la Presidenta hará todo lo posible por evitar ese escenario.

 

Pero un jefe de gabinete del Gobierno tiene otras prioridades. Si hay ministros que no están haciendo bien su trabajo o que se han desgastado, el ministro del Interior debe buscar su pronto remplazo. De lo contrario, todos los problemas recaen en él y los múltiples incendios políticos lo debilitan al punto de poner en riesgo su propia continuidad. Para demostrar que hace bien su pega, el titular de Interior debe ser el principal promotor de un cambio de gabinete cuando hay ministros desgastados y otros que simplemente no dan el ancho.

 

Como confunde su actual papel de jefe de gabinete del Gobierno con su antiguo rol de jefe de gabinete de la Presidenta, Peñailillo ha sido parte del problema en la crisis por la que atraviesa el Gobierno. Sintiéndose jefe de gabinete personal de Bachelet, se suma a la resistencia de su jefa a reordenar el gabinete. Pero al tomar esa postura, incumple su tarea como jefe de gabinete del Gobierno. El resultado es que, ante la incapacidad de varios ministros para hacer bien su pega y ante el desgaste de otros, los problemas le revientan al ministro del Interior, que se ve sobrepasado e incapaz de ayudar a todos los ministerios que están haciendo aguas. Peor aún, como el Gobierno no está funcionando bien, la popularidad de la propia Presidenta Bachelet se ha visto afectada.

 

Afortunadamente, la solución para el problema actual es simple. Peñailillo debe dejar de actuar como jefe de gabinete personal de Bachelet y debe asumir su rol de jefe de gabinete del Gobierno. La forma de demostrar este cambio de rol es usando su poder para forzar un expedito cambio de gabinete. Aunque pierda cercanía y confianza con Bachelet al mostrar independencia y autonomía, esa movida terminará empoderándolo más y, de paso, ayudará a mejorar la aprobación presidencial. En cambio, si Peñailillo insiste en comportarse como jefe de gabinete de la Presidenta, y no del Gobierno, el resultado será que la fuerza de los hechos políticos y la presión de los actores de una coalición multipartidista terminen por forzar su propio remplazo por un líder político que pueda ejercer el rol de jefe de gabinete del Gobierno de Chile.