Los costos de la estrategia del tejo pasado

Patricio Navia

EL Líbero, diciembre 26, 2014

 

Después de lo que pasó con la reforma tributaria y frente a lo que está pasando con la reforma educacional, no debería ser una sorpresa que la reforma laboral que presentará el Gobierno la próxima semana sea más ambiciosa de lo que el propio Gobierno cree capaz de conseguir cuando negocie con las fuerzas moderadas del Senado. Pero aunque algunos pudieran preferir la estrategia del tejo pasado —para lograr más en el Senado— el Gobierno debiera considerar los altos costos de la incertidumbre asociada a la posibilidad de que pase una reforma demasiado radical. Porque las concesiones que pueda conseguir en la reforma laboral no justifican alimentar la percepción que este gobierno no quiere —o no sabe cómo— promover el crecimiento económico y el empleo, La Moneda debiera ser más gradual, pragmática y cauta cuando presente su propuesta de reforma laboral. Porque de poco sirve tener más y mejores protecciones para los trabajadores con contrato si aumenta el autoempleo, la informalidad y el desempleo, el Gobierno debiera recordar que su compromiso debe ser más fuerte con los pobres que con los trabajadores con contrato.

 

Desde que llegó al poder con una plataforma de transformaciones profundas —“reformas, no reformitas” como dijo la propia Presidenta Bachelet—, el gobierno de la Nueva Mayoría ha tenido la difícil tarea de intentar cumplir sus promesas en un contexto de enfriamiento de las economías emergentes y ante la reacción —justificada en parte, pero también sobre-ideologizada— de un sector empresarial proclive a ver fantasmas de venezuelanización en el Gobierno. Porque el empresariado militantemente de derecha le pone más atención a las amenazas de reformas profundas —de otro modelo— que a los cambios menos radicales que han materializado, el discurso incendiario del Gobierno que llegó prometiendo refundaciones resultó ser doblemente contraproducente.

 

Por un lado, las promesas refundacionales generaron expectativas demasiado altas en la población que mayoritariamente apoyó a Bachelet. La propia Presidenta se ha encargado de seguir alimentando esas expectativas desmedidas. Hace poco, la Mandataria insistió en que la educación gratuita se materializaría en 2016. Como la reciente navidad le recordó a muchos, de poco sirve regalar a un niño una bicicleta si le prometiste durante varios meses llevarlo a Disney. Al hacer promesas demasiado ambiciosas, Bachelet terminó generando expectativas que ninguna política pública responsable podrá cumplir. En lo inmediato, el hecho que se establezcan excepciones para permitir que el lucro y la selección se mantengan en la educación básica y secundaria confirmará que las promesas de gratuidad universal, fin al lucro y la selección debieron ir acompañada de la concertacionista pero razonable advertencia de que “en la medida de lo posible”.

 

Por otro lado, lo refundacional de esas promesas genera comprensible temor en el empresariado y en todos aquellos que se han beneficiado de los altos niveles de desigualdad del país. No son malas las personas que quieren seguir beneficiándose de derechos adquiridos —si la buena vista al mar que tiene su casa de playa se ve amenazada por un nuevo proyecto inmobiliario—, la propia Bachelet sentirá la tentación de defender lo que considera un derecho adquirido. Los padres que escogen colegios particulares subvencionados con copago, porque sienten que así compran una mejor educación para sus hijos, también se ven amenazados cuando se anuncia que se les quitará ese derecho. De igual forma, los empresarios que se benefician de las asimetrías existentes en la negociación laboral se asustan cuando les anuncian que se acabará ese beneficio. Para avanzar reformas sin levantar oposiciones, hay que buscar formas de que todos se vean beneficiados con las transformaciones. En el caso de la reforma laboral, las mejores condiciones de negociación laboral debieran ir acompañadas de sistemas más flexibles para poner fin a los contratos laborales en tiempos de crisis. También se pueden diseñar beneficios tributarios para los empleadores que invierten en capacitar a sus trabajadores (generando mayores incentivos para que los propios empleadores eviten que esos trabajadores se vayan en busca de mejores empleos). Aunque el diablo siempre está en los detalles, la clave del éxito de cualquier reforma es que todos sientan que tienen algo que ganar y así disminuyan las chances de que se articulen oposiciones poderosas a las iniciativas de cambio.

 

De ahí que la estrategia del tejo pasado que ha aplicado el Gobierno al enviar sus reformas emblemáticas al Congreso sea tan mala idea. Porque genera expectativas que no podrá cumplir y porque alimenta rechazos que son evitables, el Gobierno debiera demostrar que, además de saber gobernar para la galería de partisanos, es capaz de hacer política, demostrando un buen manejo del arte de lo posible, para avanzar sus legítimas aspiraciones de reforma.