Una persona, un voto

Patricio Navia

El Líbero, diciembre 23, 2014

 

No hay mejor evidencia del compromiso con la igualdad que asegurar que el valor del voto de todas las personas sea el mismo. El nuevo sistema electoral que se discute en el Congreso no elimina las graves distorsiones que existen en el peso relativo de los votos de las personas dependiendo de su lugar de residencia. Precisamente porque el gobierno de Bachelet ha convertido a la defensa de la igualdad en una de sus banderas más importantes, resulta incomprensible que el nuevo mapa electoral mantenga –e incluso empeore— las profundas desigualdades que existen en el valor del voto de los chilenos.

 

Inevitablemente, los sistemas electorales distorsionan la forma en que los votos se convierten en escaños. En tanto deben reducir millones de votos a 120 escaños (o 155) en la Cámara y 38 (o más de 50) en el Senado, las fórmulas electorales utilizadas siempre arriesgan perjudicar a algunos partidos y beneficiar a otros.

 

Cuando fue diseñado, el sistema binominal buscaba establecer un seguro contra la derrota para la coalición que resultara perdedora. Como bastaba obtener un tercio de los votos en cada distrito para recibir la misma cantidad de escaños que la coalición ganadora, la coalición perdedora sabía que, de ser minoría, no perdería mucho. En cambio, como siempre ocurre con los seguros, la coalición ganadora sentiría que de poco le sirvió sacar más votos. Al final, el empate en la representación se daba casi por secretaría.

 

Ahora bien, en la práctica, como la votación varía de distrito en distrito, la distribución nacional de escaños terminaba distorsionando menos que la distribución a nivel distrital. Por eso, cuando se comparan la cantidad de votos con la cantidad de escaños recibidos, las diferencias se reducen. En la elección de 2013, pese a tener más del 30% de la votación en algunos distritos, la Alianza no obtuvo ningún escaño. Pero a nivel nacional, las distorsiones se redujeron sustancialmente. La Nueva Mayoría recibió un 50.6% de la votación, pero se quedó con el 55.3% de los cupos de diputados. A su vez, la Alianza obtuvo un 38% de los votos, pero alcanzó un 42.1% de los cupos en la Cámara. El resto de las fuerzas, con un 11.4% recibió solo un 2.7% de los escaños. Además de que históricamente ha beneficiado más a la Alianza (y en particular a la UDI —dándole un bono de escaños mayor respecto a su votación que el que recibe la Concertación/NM—), el sistema binominal ha sido criticado por dejar fuera a partidos y coaliciones menores.

 

Pero la magnitud de distrito (el número de parlamentarios que se elige en cada unidad electoral) no es la única forma en que se distorsiona la voluntad popular. Otra forma igualmente dañina de hacerlo es respecto a la cantidad de habitantes que viven en cada unidad electoral. En la actualidad, hay chilenos que valen más que otros. En la Región de Aysén hay un senador por cada 53 mil habitantes. En cambio, en la Región Metropolitana hay uno por cada 1,8 millones. Un voto en Aysén vale 34 veces más que en Santiago. Esta desigualdad debiera ser tan aberrante como la mala distribución de ingresos del país. En la Cámara, las distorsiones son igualmente inaceptables, incluso al interior de una misma región. En el D-19 (Recoleta e independencia) hay dos diputados para representar a 225 mil personas, mientras que en el D-29 (Puente Alto, La Pintana) dos diputados representan a más de 800 mil personas.

 

Obsesionado por terminar con el binominal, el Gobierno no buscó que el nuevo sistema corrigiera la desigual representación regional. Las 10 regiones menos pobladas, que concentran el 25% de la población, escogerán a la mitad del Senado. En la Cámara se producirán distorsiones similares. Santiago seguirá estando tan subrepresentado con en el sistema actual. Un resultado posible de estas distorsiones es que la coalición que obtenga la mayoría de votos bien pudiera terminar con una minoría de escaños en el Senado o la Cámara. Como será más fácil ganar escaños en regiones con menos población, los partidos y los gobiernos concentrarán su atención en las regiones más despobladas. Los subsidios agrícolas producirán más rédito electoral que la mejora en la calidad de vida en las grandes ciudades.

 

Hay pocos principios de la democracia tan simples y poderosamente intuitivos como el de “una persona, un voto”. Como la igualdad es un principio tan difícil de convertir en realidad, resulta incomprensible que un gobierno deseche la oportunidad de reducir la desigualdad en la reforma al sistema electoral. Porque el nuevo sistema electoral violentará con igual fuerza que el binominal al principio de “una persona, un voto”, el Gobierno incumple su promesa de reducir la desigualdad. Pudiendo dar pasos concretos para asegurarse que el voto de cada chileno pese lo mismo al ejercer la democracia, el Gobierno optó por acomodar los intereses de los partidos de la Nueva Mayoría más que defender la igualdad con la que tanto gusta de vestirse en su discurso público.