Si Washington y La Habana pueden

Patricio Navia

El Líbero, diciembre 19, 2014

 

La decisión del gobierno estadounidense de comenzar a sepultar la lógica de la guerra fría en la forma en que conduce sus relaciones con Cuba ha sido comprensiblemente celebrada en toda América Latina. Además de los efectos positivos que tendrá en facilitar una transición a la democracia en la isla, la iniciativa de Washington le permite al Presidente Barack Obama hacerse de un enorme capital político en la relación. Pero no todo es color de rosa en esta brillante jugada política. La normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba deja a Chile y Bolivia en el primer lugar en el hemisferio entre los países que tozudamente insisten en definir sus relaciones bilaterales en función del pasado y no del futuro.

 

Con el anuncio de Estados Unidos, el régimen de la isla perderá su excusa más poderosa para justificar su mal manejo económico. Si Washington termina el embargo, la dictadura cubana no podrá seguir culpando al imperialismo yanqui de su propia incapacidad para inducir el desarrollo en la isla. Tampoco habrá excusa para frenar una transición a la democracia. La decisión de Washington pondrá presión para que otros países de la región alcen la voz pidiendo más libertades en la isla.

 

La normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba tendrá consecuencias adicionales para Chile. Nuestro país quedará, junto a Bolivia, liderando la lista de temas pendientes en la región. La obstinada demanda boliviana por acceso soberano al mar y la igualmente firme postura de Chile que sostiene que no hay ningún tema abierto hacen de los dos países los líderes de la intransigencia americana respecto a relaciones bilaterales. El que Bolivia nos tenga demandados ante La Haya y la poca disposición de países amigos de Chile para apoyar nuestra negativa a conversar una salida al mar muestra, ante la opinión pública internacional, a Chile como intransigente y Bolivia como víctima. Más allá de los argumentos jurídicos, Chile es el malo y Bolivia el bueno. En parte porque hay más solidaridad con los débiles —y Chile es más fuerte y desarrollado— y porque es más fácil defender el anhelo de recuperar una salida al mar que defender la posición legalista de los acuerdos vigentes, la postura de Chile tiene pocos aliados en el mundo, mientras que los bolivianos continuamente reciben señales de apoyo internacional.

 

Como la situación legal de Chile es mejor que nuestra situación politica en la arena internacional, Bolivia pudo haber cometido un error al ir a La Haya. Pero en tanto su demanda seguirá políticamente vigente, y gozará de solidaridad en la arena internacional, independientemente de lo que decida La Haya, Bolivia no cejará en su obstinación por conseguir una salida al mar. La fortaleza de los argumentos legales chilenos de poco servirá para forzar a Bolivia a renunciar a su demanda histórica. Así las cosas, Chile y Bolivia parecemos destinados a seguir liderando la lista de los países incapaces de sentarse a negociar una salida mutuamente aceptable para un asunto que, ante los ojos del mundo, se mantiene abierto.

 

En tanto Bolivia continúe exigiendo un acceso soberano al mar y Chile rechace poner la cuestión de soberanía sobre la mesa, la única solución viable para lograr restablecer relaciones a nivel de embajador y se sienten a la mesa a negociar sería, primero, acordar no discutir el tema de soberanía por al menos 30 años y, inmediatamente después, avanzar decididamente para que Bolivia pueda pronto tener un acceso al mar que ellos consideren propio. A cambio, Bolivia deberá hacer concesiones en derechos de agua y venta de gas. Ambos países se podrán beneficiar de mayor integración comercial —con decenas de empresas chilenas accediendo a los hasta ahora relativamente hostiles mercados bolivianos— e integración en infraestructura. Chile podrá tener un acceso terrestre a Brasil alternativo al que tenemos por Argentina. Los dividendos de la paz se traducirán en menor gasto militar que podrá ser destinado a diversificar la actividad económica e inducir a un mayor desarrollo en el norte.

 

La solución a las cuestiones que Bolivia considera temas pendientes no será fácil. Pero Washington y Cuba demostraron que países que miran hacia el futuro son capaces de sentarse a negociar. Los temas pendientes entre Washington y Cuba (múltiples demandas por estatizaciones, confiscaciones y demandas cruzadas por daños causados por las políticas bilaterales en estos 56 años) superan en cantidad y montos la complejidad de la demanda boliviana por mediterraneidad. El camino para restablecer relaciones entre Washington y Cuba será difícil y pudiera no llegar a buen puerto. Pero, al menos, ambos países han demostrado liderazgo y voluntad política para dejar de definir sus relaciones respecto al pasado y construir nuevas relaciones en funciones de las oportunidades de futuro, desarrollo e integración para ambos países. Al hacerlo, han dado una lección al mundo entero y, especialmente, a los gobiernos de Bolivia y Chile.