Presidenta reaccionaria

Patricio Navia

El Líbero, diciembre 16, 2014

 

Si bien pudiera ser comprensible—aunque políticamente inhábil—que la Presidenta se resista a hacer un cambio de gabinete porque le molesta que “la pauteen”, el retraso para realizar el inevitable ajuste convierte a La Moneda de Michelle Bachelet en la administración más reaccionaria desde el retorno de la democracia. La lentitud con que la Presidenta ha reaccionado ante los obstáculos y problemas que ha encontrado en el camino no sólo amenaza el éxito de su programa de reformas, sino que alienta a poner más obstáculos en el camino a todos aquellos que aspiran a frenar el impulso transformador de Bachelet.

 

Desde su primer cuatrienio, Bachelet ha tenido dificultades para controlar la forma y el momento en que realiza sus cambios de gabinete.  En 2006, se vio obligada a realizar un temprano ajuste cuando fue sorprendida por la revolución pingüina. Al remplazar a su ministro del Interior a sólo cuatro meses de iniciado su gobierno, Bachelet alimentó cuestionamientos sobre su mala relación con los partidos. Después, cuando renunció su segundo ministro del Interior, Belisario Velasco, a comienzos de 2008, la Presidenta confirmó su incomodidad al enfrentar una de las tareas más difíciles e importantes de un presidente: realizar ajustes en su equipo. Cuando Bachelet nombró a Edmundo Pérez Yoma cinco días después de que Velasco formalmente dejara su cargo —aunque se sabía su intención de irse desde hacía varias semanas— quedó meridianamente claro que Bachelet no sabía escoger el momento ni la forma de realizar un cambio de gabinete.

 

Hoy, la Presidenta vuelve a demostrar la misma incomodidad. Antes las muchas voces de su sector —y por cierto desde la oposición y los medios— que han insistido en un ajuste de gabinete, Bachelet ha respondido con la infantil argumentación de que no le gusta que la pauteen. Desconociendo que es inevitable que los actores políticos traten de influir en las decisiones que ella toma, Bachelet opta por actuar como un adolescente malcriado que hace precisamente lo opuesto a lo que todo el mundo le dice que haga. Equivocadamente creyendo que así reafirma su autonomía, Bachelet sólo ha demostrado que gobierna demasiado preocupada de lo que dicen los demás.

 

Para empeorar las cosas, los malos resultados de la encuesta CEP apuraron más el cambio de gabinete, obvio de anticipar toda vez que se acerca el primer aniversario de su gobierno y el Congreso se prepara para su receso de febrero.

 

Pero, obstinadamente, la Presidenta se resiste a hacer lo que todo el mundo sabe que ocurrirá de todos modos antes de que ella cumpla su primer año en el poder. Como la presión desde su propia coalición no ceja, Bachelet no ha podido salir de una incómoda posición defensiva en varias semanas. Esa incomodidad ya le ha jugado malas pasadas. Torpemente, la Presidenta comparó de manera tácita la reforma educacional con el Transantiago —la peor politica pública de su primer cuatrienio— al repetir una reflexión que ya usó para desligarse de la responsabilidad de implementar el Transantiago. Cuando dijo que su intuición le decía que había que hacer otra cosa, Bachelet además reconoció que en realidad ella no es la que corta el queque. Peor aún, al reconocer que era mejor comenzar por fortalecer la educación pública, Bachelet entregó poderosos argumentos a los opositores de la reforma a los colegios particulares subvencionados.

 

Como el debate sobre el cambio de gabinete está instalado, el gobierno de Bachelet ha caído preso de la inacción. Los equipos de trabajo en los ministerios están paralizados por las especulaciones sobre quién se va. Los actores políticos prefieren esperar hasta después del ajuste para cerrar acuerdos y negociaciones. Nadie quiere llegar a un acuerdo con un ministro que puede no estar en 2015. La energía de los partidos de la Nueva Mayoría se ha centrado en presionar para mejorar su cuota de poder. En Interior, el temor a que la llegada de nombres fuertes al equipo político sea vista como una reducción en el poder de Rodrigo Peñailillo ha hecho de ese ministerio el principal sustento del gabinete actual. El resto de los ministros aparecen más interesados en salvar sus cargos que en avanzar la agenda.

 

Aunque se define de izquierda—y su segundo gobierno parece diseñado para demostrarle al mundo esas credenciales—Michelle Bachelet ha demostrado ser una presidenta reaccionaria (en la acepción de “opuesto a las innovaciones”). Resistiéndose a aceptar que su gabinete está desgastado y que su gobierno precisa de un ajuste para retomar la agenda y recuperar el impulso transformador, Bachelet aparece presa de una injustificada obstinación por retrasar el inevitable cambio de gabinete. Lamentablemente para ella, cuando eventualmente realice el ajuste, la lectura no será que Bachelet tomó la iniciativa, sino que —en la lógica del más vale tarde que nunca— la Presidenta finalmente hizo lo que todos sabían debió haber hecho hace semanas.