¿Por qué la derecha no entusiasma?

Patricio Navia

El Líbero, diciembre 9, 2014

 

La única buena noticia que trajo la encuesta CEP para el gobierno de Bachelet fue que la Alianza es todavía más impopular que la Nueva Mayoría. Después de cuatro años de gobierno aliancista, ninguna de sus figuras aparece como potencial figura presidencial para 2017. Esto debiera llevar a Alianza a redefinir sus estrategias y mensajes si no quiere volver a pasar dos décadas en la oposición.

 

La debilidad de la Alianza en las encuestas contrasta con la creciente evidencia de que los chilenos se compran el modelo de la economía social de mercado. La gente cree que el éxito se debe asociar al mérito. La demanda por acceso a educación de calidad responde a que la gente quiere herramientas para competir en el mercado laboral más que a posturas ideológicas asociadas con derechos sociales. En un país cada vez más individualista, con gente acostumbrada a vivir sin la protección del Estado, las personas quieren una cancha pareja donde puedan competir sin ser víctimas de abusos.

 

Aunque la derecha debiera copar posiciones de liderazgo en un país así, los chilenos tienden a asociar a la derecha más con la protección de los abusadores que con la defensa de la libre competencia. Los cuatro años de gobierno del Presidente Piñera hicieron poco para lograr cambiar la percepción de que la derecha es más cercana al empresariado que a la clase media. El hecho que Piñera haya privilegiado nombramientos de gerentes —provenientes de colegios de élite y del mismo origen social— profundizó la caricatura de la derecha como un club privado de Cachagua al que se accede sólo por origen familiar.

 

Cuando la historia emita su juicio sobre el gobierno de Piñera, deberá explicar por qué el primer presidente de derecha nunca se la jugó por la meritocracia al armar su gobierno. En su defensa, se podrá decir que todas las personas que Piñera nombró tenían méritos de sobra. Pero la evidencia incontrarrestable es que su administración nunca reflejó la diversidad de Chile. Luego, o bien Piñera no entendió que había méritos más allá de la elite derechista o bien nunca tuvo la voluntad de abrir de par en par las puertas de la derecha a la meritocracia.

 

El error de Piñera —de predicar las bondades del mercado y de la competencia, pero no promoverlas en casa— se ha convertido en un problema permanente en la derecha. Como respuesta a las políticas estatistas que promueve Bachelet —en especial en su reforma educacional— los partidos de la Alianza han abrazado la defensa de la clase media y han tomado como bandera la libertad de esa clase media para escoger los colegios particulares subvencionados a los que envían a sus hijos. Pero ninguno de los voceros de esa causa en la Alianza representa a ese sector. Como si en Estados Unidos los voceros de la causa de igualdad racial fueran blancos o en el propio Chile los voceros de la causa de igualdad de género fueran todos hombres, la derecha chilena puso a miembros tradicionales de la elite como voceros de la clase media que decía defender. Por cierto, el éxito de la CONFEPA —principal obstáculo para la reforma educacional que impulsa el gobierno de Bachelet— radica precisamente en que sus voceros son padres de clase media que se verán directamente afectados por las reformas que impulsa el gobierno.

 

Esta incapacidad de la derecha para que sus posturas se condigan con sus liderazgos le augura un mal futuro. A diferencia de la Concertación, cuyos gobiernos han reflejado mucho mejor (aunque también de forma insuficiente) la diversidad de Chile, la derecha predica las virtudes del modelo, pero es incapaz de actuar de forma consecuente con ese modelo.

 

La reciente encuesta CEP dejó en evidencia esta debilidad. Ninguno de los ministros del gabinete anterior aparece siquiera en la lista de los principales líderes del país. El político mejor posicionado de la derecha, el Senador Manuel José Ossandón, ha consolidado su liderazgo a partir de las críticas que hace a esa derecha percibida como demasiado cercana al empresariado y a los abusos. Pero Ossandón tampoco ha sido capaz, al menos hasta ahora, de liderar a su sector en la articulación de un mensaje de una derecha alternativa que tenga en la meritocracia y a la competencia su piedra fundacional de un programa que defienda, sin avergonzarse, la economía social de mercado.

 

En definitiva, el problema de la derecha se parece al de una gran tienda que ofrece productos que la gente quiere pero que no es capaz de vender porque la gente no se siente atraída hacia los vendedores. Una alternativa para la empresa es cambiar los productos que ofrece para atraer clientes que se sientan a gusto con los vendedores. La otra alternativa, menos costosa y más exitosa, es buscar vendedores más atractivos para esos consumidores que sistemáticamente han mostrado su disposición a comprar los productos que ofrece la derecha. Si sigue obsesionado en mantener a sus vendedores, las populares ideas de derecha seguirán siendo electoramente minoritarias en el país.