Crispación o temor

Patricio Navia

El Líbero, noviembre 21, 2014

 

Si el Gobierno insiste en un diagnóstico equivocado sobre la realidad y continúa con propuestas destinadas a reducir una supuesta crispación social, el verdadero problema que enfrenta Chile, el temor de una clase media, creciente y precaria, a volver a caer en la pobreza, eventualmente se tornará en rechazo permanente al gobierno de la Presidenta Bachelet.

 

Sin mucha evidencia estadística que apoye el argumento, muchos en la Nueva Mayoría —y no pocos en la Alianza— se han comprado la tesis de la crispación social. Argumentado que los chilenos están descontentos y desilusionados del sistema, abogan por reformas profundas para cambiar de rumbo. De lo contrario, Chile se convertirá en el segundo país (después de Argentina) en caer en la trampa de los ingresos medios.

 

Los escasos datos que se presentan para sostener esta peregrina tesis no son sólidos. La baja participación electoral en 2013, por ejemplo, no toma en cuenta que en la OCDE la participación promedio es en torno al 65%. Cuando hay poca incertidumbre sobre el resultado y la situación económica es favorable, la participación comprensiblemente decae todavía más.

 

Aunque se señala que hay una baja confianza en el Gobierno (en torno al 35%), no se indica que en los países industrializados también es saludablemente baja. En la OCDE es de 39%.  En Finlandia, país de moda como modelo educacional, es de 42%. En Chile, el nivel de satisfacción con la vida es de 6,6 (en escala 1-10), igual que el promedio OCDE. Los que hablan de la crispación, convenientemente omiten estos datos.

 

Es verdad que hemos visto movimientos sociales en años recientes. Pero estos nacen en las clases medias y en la propia élite cuyas necesidades materiales están más que satisfechas. No provienen de los sectores marginados. Las marchas estudiantiles de 2011 fueron lideradas por jóvenes que provienen de los dos quintiles de más ingresos (que son los que más acceden a la educación superior) y no de los 3 quintiles de menos ingresos (donde abunda el desempleo juvenil y la exclusión).

 

La mayor preocupación de los sectores populares es el empleo y su capacidad de consumo. Las élites hablan desde la tierra prometida, advirtiendo a las masas sobre la inconveniencia de cruzar a la tierra donde fluye leche y miel. Pero el pueblo quiere decidir por sí solo. Por eso demanda que los gobiernos construyan puentes de oportunidades (educación de calidad y gratuita) y no que predique, desde la comodidad de sus posiciones de privilegio, las supuestas ventajas de otro modelo de resultados inciertos y cuya aplicación imposibilitará el acceso a millones más a la condición de clase media que esa élite desconforme desprecia.  Mientras los que quieren “reformas y no reformistas” desprecian el consumo, la gente votó por Bachelet porque apostaba a que ella sería capaz de construir puentes de inclusión para que todos pudieran gozar de las posiciones de privilegio de las que ya gozan los agoreros de la crispación.

 

Los informes de la OCDE, nuevo oráculo de la izquierda chilena (lo que es ciertamente positivo, toda vez que cada día hay menos nostálgicos que ven a la revolución cubana como una luz en el camino), muestran inequívocamente que Chile avanza en la dirección correcta. Esos mismos informes muestran preocupación por los bajos sueldos y el poco dinamismo del empleo en el país. Tal como lo plantearan hace unos años Andrés Velasco y Cristóbal Huneeus, la incorporación de más gente al mercado laboral es el camino más expedito para salir de la pobreza y mejorar los ingresos familiares. Aunque las tentaciones voluntaristas pueden llevar a algunos a querer mejorar los salarios por decreto, la forma más efectiva y sostenible de hacerlo es con mejoras de productividad y con un aumento de la oferta de empleo superior al aumento en el número de personas que buscan trabajo.

 

Por eso, la educación es la variable clave (aunque no sea prioridad entre los que tienen empleos más precarios) para abordar el problema. De ahí que resulte tan incomprensible que una coalición que ganó con la bandera de la educación gratuita de calidad para todos esté ahora dedicada a combatir lo que no le gusta del sistema actual. En vez de abocarse a reformas que construyan un sistema de calidad gratuito, el Gobierno quiere destruir un sistema que funciona mal sin explicar qué construirá en su lugar.

 

Obsesionado con interpretar antojadizamente los síntomas del paciente, una parte de la élite chilena (que influye mucho en este gobierno) viene insistiendo hace 15 años que Chile está ad portas de una explosión social causada por la desigualdad. Pero esta crispación (que antes era catalogada como “malestar”) sólo se evidenciará si el Gobierno insiste en no escuchar las demandas de la gente por más y mejores oportunidades en un país que crece y se desarrolla. Aunque a la élite no le parezca, los chilenos prefieren mil veces una sociedad desigual donde todos mejoran (y de preferencia mejoran más los que menos tienen) que una sociedad estancada con discurso de igualdad pero donde los de siempre (incluida la élite intelectual) seguirán estando mejor que el resto de la población.