La amarga victoria de Agustín Edwards Eastman

Patricio Navia

El Líbero, noviembre 18, 2014

 

En una biografía no autorizada brillantemente escrita —en tono mercurial, objetivo y desapasionado—, Víctor Herrero presenta la vida de Agustín Edwards Eastman (AEE). Las 620 páginas revisan el origen de la dinastía y se explayan en detalles de la vida del patriarca, contando de paso la importancia de los Edwards en la historia del país en los últimos 150 años. La forma en que AEE defendió el sistema capitalista y apoyó la implementación del modelo neoliberal, aun a costa de sacrificar la propia influencia de El Mercurio, hacen de esta biografía una brillante pieza que confirmará a los detractores de Edwards su responsabilidad en la caída de Allende y en la longevidad de la dictadura, y recordará también a los apologistas del modelo la importancia de AEE en la construcción del Chile actual.

 

Víctor Herrero, periodista de la PUC con un posgrado en Columbia, tiene una amplia experiencia en medios en Chile y Estados Unidos —fue mi editor en La Tercera por varios años y, además de haber trabajado en varios proyectos juntos, me dio la oportunidad de comentar un borrador de la biografía antes de ser publicada—. Habiendo crecido en el exilio y dadas sus posturas de izquierda, uno podría equivocadamente esperar que su texto fuera acusatorio. Pero Herrero muestra una admirable obsesión por la objetividad y los datos factuales, investigando al personaje, contando hechos y especulando sobre posibles razones para explicar las decisiones de AEE.

 

Siguiendo un estricto orden histórico, Herrero cuenta la historia de la dinastía de los Agustín Edwards y la llegada de AEE al control de El Mercurio. En esta sección destaca su énfasis en explicarnos el rol de Edwards Ross (bisabuelo de AEE) en la guerra civil de 1891, las aspiraciones presidenciales de Edwards Mac-Clure (abuelo de AEE) y los eventos que marcaron la niñez de AEE. La narrativa está tan bien lograda que el lector siente a la vez molestia y simpatía por este heredero de un poderoso imperio.

 

El libro luego analiza el poco conocido rol de Edwards en la campaña presidencial de 1964, cuando El Mercurio trabajó codo a codo con intereses estadounidenses para apoyar a Frei Montalva. En la sección que revisa el más conocido rol de Edwards en la elección de 1970, Herrero entrega detalles inéditos sobre la combinación de involucramiento político y empresarial con extravagantes gustos y hobby de escultor de AEE. La sección sobre el papel de AEE en la oposición a Allende y en su apoyo a la dictadura alcanza momentos notables. Comprometido con la defensa del modelo, preocupado por el destino de sus empresas e inmerso en conflictos familiares y en sus propias dudas vocacionales, Edwards fue uno de los principales defensores del capitalismo en Chile.

 

Herrero dedica brillantes páginas a evaluar las decisiones que tomó Edwards que terminaron debilitando a su imperio pero que ayudaron a defender el capitalismo y, después de 1973, a fortalecer a la dictadura. Aunque Herrero entrega evidencia para sostener que Edwards fue responsable de llevar a El Mercurio y a la riqueza familiar a un incuestionable downsizing, la misma evidencia permite tres lecturas alternativas a por qué El Mercurio terminó siendo una víctima más de la dictadura.

 

Una lectura alternativa es que AEE durante toda su vida debió combinar sus obligaciones de heredero con su vocación de periodista (frustrada por ser el dueño del imperio mediático) y sus gustos burgueses. Una segunda lectura, más auspiciosa, es que en su defensa del modelo capitalista, AEE estuvo dispuesto a sacrificarlo todo. Aunque salió de Chile en la época de Allende, Edwards puso en juego mucho más que muchos otros empresarios que también se veían amenazados por la revolución con empanadas y vino tinto.

 

Una tercera lectura, que yo prefiero, es que Edwards abrazó un modelo neoliberal competitivo que, bien implementado, imposibilita la existencia de dinastías familiares. Cuando el capitalismo funciona bien, los más poderosos no heredan su posición. Se la ganan. Consciente o inconscientemente, Edwards apoyó la implementación de un modelo que protegía el capital pero que amenazaba la posición dominante que su familia había tenido por generaciones.

 

El libro termina con una bien lograda sección sobre Edwards después de 1990 (incluidos brillantes pasajes sobre las escapadas de Edwards a mirar protestas en un Santiago desconocido para él en los 80 y las negociaciones realizadas durante el secuestro de su hijo Cristián).

 

Tanto los detractores de Edwards como sus admiradores encontrarán una cuidadosa, detallada y objetiva biografía de un hombre complejo, polémico, a menudo incomprendido y profundamente marcado por las mismas inclinaciones, tentaciones y dudas que enfrentamos todos. El hecho de que Herrero haya construido una biografía tan brillantemente lograda de Doonie Edwards, corona el lugar que Agustín Edwards Eastman se ganó en la historia reciente de Chile.