De la alegría ya viene a las prohibiciones que llegaron

Patricio Navia

El Líbero, octubre 7, 2014

 

Si bien las conmemoraciones del plebiscito del 5 de octubre de 1988 fueron menos protagonistas que en años anteriores, la promesa de “la alegría ya viene” continúa definiendo a la coalición centro-izquierdista que ha gobernado Chile en 21 de los últimos 25 años. Aunque se haya cambiado de nombre y reniegue de algunos de sus principios originales —como la construcción de consensos y la gradualidad en las reformas—, la promesa fundacional de la Nueva Mayoría sigue siendo ampliar libertades para que cada chileno pueda llevar a cabo sus propios sueños. Por eso, resulta contradictorio que la NM ahora parezca tener como norte la prohibición de un derecho inerte en las sociedades modernas: el lucro.

 

Como ya ha quedado ampliamente establecido en el debate sobre la reforma educacional, la condición de lucro de los establecimientos educacionales no es un buen predictor de la calidad de la educación que reciben los niños. Esa verdad lleva a la derecha a criticar al Gobierno por poner el foco en una variable que no es la más importante para mejorar la calidad de la educación. Esa misma verdad lleva al Gobierno a insistir en que sería mejor usar recursos que ahora van a los sostenedores en iniciativas que mejoren la calidad de la educación. Como en todo debate ideológico los dogmas son más importantes que la evidencia, a medida que la reforma educacional se acerque a sus etapas finales, las posiciones sobre el efecto del lucro en la educación probablemente se polarizarán todavía más.

 

Pero más allá de su debatido efecto sobre la educación, el lucro se ha convertido en el enemigo preferido de la NM. Si bien la mayoría de los chilenos equivocadamente lo entiende como sinónimo de abuso (en su acepción de lucro abusivo), entre la intelectualidad de la NM toda forma de lucro —independientemente de si es abusivo o bien habido— es crecientemente vista como negativa e indeseable.

 

El rechazo al lucro por parte de la NM pudiera estar relacionado con el extracto marxista de sus sectores más izquierdistas. Aunque Marx entendía la acumulación de capital como un paso inevitable en el progreso de las sociedades, la izquierda lo ve como un mal paso. Para Marx, la acumulación de capital —el lucro— era necesaria en tanto presagiaba la llegada de un estado superior en el desarrollo humano, el socialismo. Simplificando el argumento marxista, el paso del capitalismo al socialismo no consistía en la eliminación del lucro, sino en que la propiedad de los medios de producción estaría ahora en manos del pueblo (a través del Estado dirigido por un partido de vanguardia, diría Lenin). Para un sector de la izquierda chilena hoy, en cambio, el lucro es un mal en sí mismo. Habiendo renunciado a la posibilidad de construir el socialismo después del capitalismo, una parte de la izquierda quiere evitar que el capitalismo alcance un estadio más avanzado.

 

Es verdad que hay un sector de la NM que ve con ojos menos malos el lucro. Algunos sólo quieren limitarlo en la provisión de la educación —mientras que otros incluso sólo preferían regularlo mejor—.  Pero la voz dominante en la NM está en aquellos que entienden al lucro como algo dañino, especialmente cuando está asociado a la provisión de derechos sociales o cuando, como lo dijera varias veces la propia Presidenta Bachelet, cuando se trata de recursos públicos. De hecho, el compromiso de la NM a oponerse al lucro con recursos públicos —aunque sea imposible en tanto hay miles de personas y empresas que lucran con los servicios y bienes que entregan al fisco a cambio de remuneración— evidencia ese compromiso dogmático que se construye sobre el supuesto de que el lucro es algo deleznable.

 

Cuando se trata de dogma, es inútil hacer referencias al razonamiento de Adam Smith sobre los beneficios para la sociedad de que haya personas que ofrezcan mejores bienes y servicios motivados por sus intereses egoístas. Tampoco tiene mucho sentido apoyarse en el sentido común para justificar por qué lo que importa no es el lucro, sino la calidad del servicio y la capacidad de los compradores para discernir y escoger entre distintas opciones. De poco sirven argumentos en defensa de la tesis agnóstica de que el lucro no es inevitablemente malo cuando el dogma en la trinchera es que el lucro es sinónimo de mal uso de los recursos públicos y abuso a los que menos tienen.

 

Hoy, a 26 años del triunfo de la opción a favor de la ampliación de los derechos individuales de las personas para construir sus propios sueños en libertad y democracia, los paladines de esa victoria aparecen como los nuevos inquisidores de una actividad esencial de las sociedades modernas, el derecho a emprender. Amparados en la incuestionable necesidad de regular adecuadamente el lucro —promoviendo mercados competitivos y consumidores informados— los talibanes del anti-lucro parecen querer adueñarse de esa libertad que los propios chilenos nos ganamos el 5 de octubre de 1988.