Nada es gratis en la vida

Patricio Navia

El Líbero, octubre 3, 2014

 

Al presentar la ley de presupuesto para 2015, la Presidenta Michelle Bachelet ha relativizado todavía más su promesa de avanzar hacia la educación gratuita universal. Al privilegiar aumentos mayores que en educación para varias prioridades en el presupuesto, Bachelet demostró pragmatismo. Si bien hay buenas razones para criticar tanto los supuestos sobre el crecimiento económico para 2015 como el sustantivo aumento en el gasto, nadie podrá criticar a Bachelet por destinar demasiados recursos a la educación. El presupuesto de 2015 apenas avanza hacia la provisión de educación universal gratuita porque el Gobierno entiende que, pese a lo que prometió en campaña, hay prioridades más urgentes en Chile hoy. Aunque el presupuesto incumple una de sus principales promesas de campaña, resulta improbable que Bachelet pague costos políticos por ese pragmatismo toda vez que la demanda por educación gratuita ha sido, temporalmente al menos, remplazada por la búsqueda del fin del lucro en la educación.

 

El 11 de agosto de 2011, el entonces presidente Sebastián Piñera declaró que “todos quisiéramos que la educación, la salud y muchas cosas más fueran gratis para todos, pero al fin y al cabo, nada es gratis en esta vida, alguien lo tiene que pagar”. Piñera no imaginaba que esa impecable lógica económica prevalecería en la decisión sobre las prioridades presupuestarias cuando, la que entonces era una vociferante oposición, volviera al gobierno.

 

Aunque fue severamente criticado por aquellos que demandaban educación universal gratuita, las palabras de Piñera subrayaron verdades enormes. Toda política pública tiene un costo que alguien debe asumir y que, cuando se gasta dinero en financiar un buen plan, hay otras ideas igualmente buenas, o incluso superiores, que quedan sin financiamiento.

 

En 1975, el economista Milton Friedman publicó There is no such thing as a free lunch (no existen los almuerzos gratis), un libro donde analiza los costos de oportunidad en los mercados. Por cada persona que recibe un almuerzo gratis, otra persona paga el costo. Además, incluso para el receptor del almuerzo puede haber costos asociados. Si uno asiste a una charla académica donde se ofrece un almuerzo gratis, el asistente deberá escuchar al conferencista y su presencia será considerada como una señal de apoyo, o al menos de interés, en lo que tiene que decir el conferencista.

 

Si bien en las ciencias sociales la existencia de los costos alternativos está ampliamente establecida, en el lenguaje común de la calle —y ciertamente en los discursos políticos— no siempre se acepta que hay costos alternativos. Cuando un candidato promete educación gratuita para todos, sus partidarios se molestan cuando les advierten que ese dinero podría ir a un mejor uso. Es más, los candidatos a menudo huyen de las preguntas sobre costos de oportunidad, al aclarar que, además de educación gratuita, avanzarán en mejorar la salud, las pensiones, la vivienda y la seguridad. Pero como nada es gratis en la vida y los recursos siempre son limitados, cada peso que se destina a educación gratuita es un peso menos que se puede destinar a mejorar la salud, la vivienda o las pensiones.

 

Ahora bien, hay ciertos gastos públicos que funcionan como bienes de inversión, por lo que ese gasto redunda en beneficios futuros. Al invertir en educación, la productividad mejora en el largo plazo y el país puede crecer más, lo que a su vez generará mayores ingresos fiscales y más recursos para subsidiar a los que menos tienen. Pero para asegurarse de que la inversión rinda los frutos deseados, el gasto público debe ir asociado a responsabilidades y obligaciones por parte de los beneficiarios. Como nadie valora las cosas cuando son gratis, la educación gratuita deberá tener exigencias —letra chica— que garantice el buen uso de la inversión pública. La provisión de educación gratuita deberá estar asociada a una cantidad máxima de años de gratuidad por persona y a exigencias respecto al desempeño individual. Por el momento, ninguna de esas discusiones tomará lugar en Chile, porque el presupuesto de 2015 apenas avanza hacia la provisión de educación universal gratuita.

 

Como no hay nada gratis en la vida y siempre alguien debe pagar, la ley de presupuesto de 2015 se hace cargo de la realidad y, aunque aumenta el gasto tal vez más de lo que parezca razonable, opta por minimizar el avance hacia la educación universal gratuita. Reconociendo tácitamente que hay costos alternativos, el gobierno de Bachelet ha decidido privilegiar otras prioridades, desviándose, una vez más, de la hoja de ruta que señalaba su programa de gobierno. Anticipando que el movimiento estudiantil está más preocupado de prohibir el lucro en la educación que del cumplimiento de la promesa de educación gratuita, el Gobierno optó por correr el riesgo de incumplir su más importante compromiso de campaña y aumentar el gasto en ámbitos que, al menos hoy, parecen importar más a la opinión pública.