La aprobación de Bachelet y los guardianes de la fe del anti-lucro

Patricio Navia

El Líbero, septiembre 5, 2014

 

Después de la voz de alarma de la encuesta Adimark, la Presidenta Bachelet tiene la oportunidad de corregir rumbo si se libera de los dogmáticos que están más preocupados de imponer algunas herramientas que de alcanzar el objetivo de mejorar la calidad de la educación y terminar con la alta segregación de nuestro sistema educativo.  Si sigue atrapada en la camisa de fuerza del dogmatismo y el avanzar sin transar, la caída en popularidad se profundizará en futuras encuestas.

 

Adimark también trajo malas noticias para la oposición. Después de perder ampliamente la elección presidencial (y quedar con una débil minoría en el Congreso), la Alianza vuelve a caer en aprobación.  La gente castiga cuando ve que los políticos se echan la culpa de los problemas. Después de que lograran un loable acuerdo en la reforma tributaria, las dos coaliciones volvieron a sus trincheras. El enfriamiento de la economía fue la ocasión perfecta para que la Alianza y Nueva Mayoría se culparan mutuamente. Decepcionada de ver a sus líderes pelearse por quién empezó el incendio en vez de coordinarse para apagarlo, la gente ha castigado a toda la clase política. Aunque el castigo es peor para los que están en el poder. El país puede sobrevivir cuando hay una oposición intransigente, pero no puede avanzar si el gobierno demuestra incapacidad para construir acuerdos.

 

Si bien parecería obvio que el espacio para los acuerdos se ha abierto en la necesidad de volver a echar a andar la economía, el verdadero desafío del gobierno está en demostrar que puede construir acuerdos en la más esencial de sus promesas de campaña, la reforma educacional. Aunque no tenga relación directa con el enfriamiento de la economía, la forma en que el gobierno maneje la reforma educacional dirá más que cualquier anuncio de estímulo económico sobre su disposición a construir acuerdos y abrir puertas—en vez de derribar muros.

 

Para poder dar señales de su disposición a construir acuerdos que permitan mejorar la calidad de la educación, el gobierno primero deberá demostrar que su prioridad es el bien del país más que la satisfacción de grupos de interés que se creen dueños de la victoria de Bachelet en noviembre pasado. El principal grupo de interés es la bancada estudiantil, que enarbola con determinación la bandera del antilucro y del fin de la selección como las reformas más importantes—o ciertamente las primeras—para construir una educación de calidad.

 

Como ocurre con cualquier religión, a la fuerza del dogma del anti-lucro no se le puede enfrentar con evidencia empírica o argumentos racionales. El rechazo a la idea de que alguien pueda entregar un buen servicio y obtener una recompensa monetaria por hacerlo es una cuestión de fe. Aunque la evidencia muestre que la relación entre calidad de la educación y lucro es débil, los guardianes de la fe del anti-lucro no renuncian a su dogma. Con espíritu inquisidor, aspiran a borrar cualquier vestigio de lucro de la faz del territorio nacional. La sagrada congregación para la doctrina de la fe de la reforma educacional—también conocida como bancada estudiantil—se asegurará que el resto de la coalición no ceda ante la tentación democrática de los caminos del diálogo y los acuerdos.

 

El extenso debate en el mundo académico y entre los diseñadores de política pública sobre cómo mejorar la calidad de la educación ha demostrado que no hay un solo camino. Pero hay una cosa en la que concuerdan todos los expertos, la magia de una educación de calidad se produce cuando se juntan profesores capaces con alumnos susceptibles a ser motivados en un ambiente donde reine la disposición a aprender. Como en la religión, no hay un solo camino para llegar al cielo. Pero los guardianes de la fe del credo anti-lucro ignoran la evidencia. Después de auto-convencerse que ostentan el monopolio para alcanzar la salvación, han anunciado que se debe sacrificar a los chivos expiatorios del lucro y la selección.  Hasta ahora, la Presidenta Bachelet parece también estar convencida de la validez de ese dogma. En vez de hablar de calidad, defiende el fin al lucro y la selección. Cuando le preguntan por qué no mejorar primero la educación pública, nos promete que también lo hará, pero después.

 

El desafío de Bachelet hoy es demostrar que es capaz de escuchar la voz de la gente y la advertencia de una opinión pública que quieren avances y reformas, pero en el camino de los acuerdos, el sentido común y la gradualidad. La presidenta sigue siendo la política más confiable que hay en Chile hoy. El recuerdo de su primer gobierno todavía importa más que los nubarrones que amenazan el crecimiento y el empleo. Por eso mismo, Bachelet debiera demostrar que es ella, y nos los intransigentes ayatolas, quien controla el barco y que, con pragmatismo, gradualidad, pero también convicción con la hoja de ruta, puede dar un golpe de timón para seguir avanzando en la ruta del desarrollo y de la reducción de la desigualdad.